El artículo que escribió mi yo de veintitantos me dio más risa que vergüenza
Hace unos días me encontré un texto que escribí hace muchos años. Era una lista larguísima de cosas que no quería que me regalaran de cumpleaños. Lo leí completo y me sorprendió descubrir dos cosas. La primera, que sigo sin entender por qué alguien regalaría un perro de porcelana a una persona que llevaba semanas diciendo que quería uno de verdad. Y la segunda, que el tipo que escribió ese artículo estaba mucho más preocupado por los regalos que por el cumpleaños.
No lo juzgo. Tenía la edad para pensar así. Además, el artículo tenía argumentos sólidos. Las flores me parecían un desperdicio porque nunca entendí la lógica de regalar algo que ya está muerto. Las porcelanas ocupaban un lugar privilegiado entre los objetos más inútiles que podían entrar a un apartamento. Los peluches me producían exactamente la misma emoción que una almohada con ojos. Y todavía me río acordándome del grado de bachiller, cuando cuatro personas distintas tuvieron la brillante idea de regalarme exactamente la misma colonia de Yambal. Duré tanto tiempo oliendo igual que, por momentos, pensé que la adolescencia tenía un único aroma.
También había una historia que todavía hoy me parece insuperable. Durante semanas una persona me hizo creer que me iba a regalar un perro. Yo llevaba meses soñando con tener una mascota. Llegó el cumpleaños, abrí la caja con una emoción difícil de explicar y ahí estaba. Un perro. De porcelana. Ese día entendí que uno puede pasar de la ilusión a la decepción en el tiempo que tarda el papel regalo en caer al piso.
Mientras iba leyendo todas esas historias me di cuenta de que, en realidad, el artículo nunca hablaba de flores, colonias o porcelanas. Hablaba de expectativas. De esa costumbre tan humana de imaginar un cumpleaños perfecto y terminar un poco frustrado porque la realidad nunca coincide del todo con la película que uno se montó en la cabeza.
Con los años esa sensación cambió. No porque ahora me gusten las porcelanas. Que quede claro: siguen sin gustarme. Tampoco porque me emocione especialmente una matera llena de rosas. Lo que cambió fue el lugar desde donde vivo los cumpleaños. Antes esperaba que ese día trajera algo extraordinario. Hoy me basta con que llegue la gente que quiero, que podamos sentarnos alrededor de una mesa, comer rico, reírnos un rato y terminar la noche sintiendo que la vida, por unos minutos, bajó el ritmo.
Hay algo muy curioso que pasa cuando uno va creciendo. Poco a poco deja de hacer listas de regalos y empieza a hacer inventario de otras cosas. Ya no pienso tanto en lo que me falta comprar. Pienso más en la gente que sigue estando, en los proyectos que todavía me emocionan, en la salud de quienes quiero y en la enorme tranquilidad de despertarme con ganas de vivir la vida que tengo. Suena menos emocionante que abrir una caja enorme con un moño encima, pero les aseguro que dura muchísimo más.
Eso no significa que me haya vuelto un iluminado al que no le gustan los regalos. Para nada. Si alguien aparece con un buen reloj o con un pasaje de avión, prometo no hacerme el espiritual. Lo recibiré con la misma felicidad con la que aquel muchacho habría recibido un perro de verdad. Lo único que cambió es que ya no siento que un cumpleaños se mida por el tamaño de las bolsas que uno lleva al final de la noche.
Terminé de leer ese artículo y, por primera vez, no sentí pena de quien era. Sentí cariño. Ese Mateo se tomaba la vida demasiado en serio, hacía berrinches por cosas que hoy me parecen insignificantes y estaba convencido de que un mal regalo podía arruinarle el cumpleaños. No tenía idea de todo lo que iba a aprender después.
A veces pienso que cumplir años no consiste en sumar una vela más a la torta. Consiste en mirar hacia atrás y descubrir que hay versiones de uno que ya no necesitan tener la razón para seguir siendo queridas.
Y esa, curiosamente, ha terminado siendo una de las mejores cosas que me han regalado los años.


