Las peores citas de mi vida siempre fueron con las personas que más me gustaban
Hay algo profundamente injusto en las primeras citas. Uno pasa años aprendiendo a conversar, a hacer reír a la gente y a desenvolverse con naturalidad… hasta que aparece alguien que realmente le interesa. Ese día, todo ese entrenamiento desaparece como por arte de magia.
No sé si sea ansiedad, exceso de entusiasmo o una extraña necesidad de impresionar. Lo único que sé es que, cuando alguien de verdad me gustaba, mi cuerpo parecía entrar en modo sabotaje. Me volvía torpe. Derramaba la copa de vino, decía cosas que no quería decir o me quedaba pensando tanto en la siguiente frase que dejaba de escuchar la conversación. Era como si una parte de mi cerebro hubiera decidido tomarse la noche libre justo cuando más la necesitaba.
Lo curioso es que el fenómeno funcionaba exactamente al revés cuando la cita no me interesaba demasiado. Ahí sí era simpático, relajado y hasta ingenioso. La conversación fluía sin esfuerzo porque no había nada en juego. Nunca entendí por qué somos tan buenos siendo nosotros mismos cuando no necesitamos convencer a nadie.
Con los años empecé a sospechar que el problema no era la falta de confianza. Era el exceso de expectativas. Uno llega a la cita imaginando futuros que todavía no existen. Antes del primer café ya pensó en el segundo, en el viaje que podrían hacer juntos y hasta en cómo se vería esa persona saludando a la familia. Es demasiada responsabilidad para alguien que apenas está preguntando qué quiere pedir de comer.
También descubrí que, cuando uno deja de intentar impresionar, las conversaciones cambian. Ya no hay necesidad de parecer más interesante, más inteligente o más divertido de lo que realmente es. Y, curiosamente, es ahí cuando las cosas suelen salir mejor.
No creo que exista una fórmula para tener una buena primera cita. Si existiera, nadie volvería a ponerse nervioso. Lo único que he aprendido es que, cuando alguien realmente le mueve el piso a uno, es completamente normal perder un poco la elegancia. Lo importante no es no equivocarse. Lo importante es que el miedo a hacerlo no termine ocupando toda la mesa.
Hoy miro con cariño a ese Mateo que llegaba a una cita creyendo que estaba presentando un examen final. La verdad era mucho más simple. La otra persona probablemente estaba igual de nerviosa.
Y eso, aunque uno nunca lo note, termina siendo un pequeño alivio.


