¿En qué momento pasamos de ser jóvenes a convertirnos en “señores”?
Todo empezó el día en que alguien me dijo:
—Señor, si quiere puede sentarse.
Y yo no sabía si agradecer… o llorar.
Desde hace un tiempo, he notado que algo se está moviendo en mi identidad. No de manera dramática, pero sí constante. Como cuando te aprieta una camiseta que antes te quedaba suelta o cuando suena una canción y piensas: «Eso es música de ahora?»
Uno no se da cuenta en qué momento deja de ser “joven” para empezar a pertenecer a esa categoría difusa y confusa llamada “señor”.
Puede que sea cuando la barriga empieza a colgar tímidamente sobre el pantalón.
O cuando combinas jeans con zapatos de “material” y lo sientes como un acierto.
O cuando la cartuchera de las gafas se vuelve parte de tu outfit sin ironía.
El bigote ya no es pista fiable
Primero, porque los de veinte se lo dejan por moda, aunque les salga como pelusa de durazno.
Segundo, porque muchas mujeres también lo llevan, no porque quieran, sino porque así lo decidió el colágeno que se fue.
Y hablando de ellas, el paso de «señorita» a «señora» tiene otro nivel de complejidad. No tiene que ver con parir, ni con cargar pañaleras. Tiene que ver con síntomas… que aparecen sin pedir permiso.
Como cuando “salir a rumbear” se transforma en “salir a bailar”, y cualquier ritmo lo mueves como si fuera un merengue arrastrado, pie adelante, pie atrás, con esa vueltica estratégica que no despeina ni hace sudar. Un baile más defensivo que expresivo. Un paso tan tuyo que ya debería tener nombre: el pasito de [tu apellido].
Síntomas invisibles, pero reales
Uno de ellos es el lapicero.
Pides uno y, de repente, dudas de cómo llamarlo: ¿esfero, boligrafo, pluma?
Y lo peor: te enojas si alguien lo toca o se lo lleva.
Si eso pasa, revisa tus hormonas. O tu paciencia.
Otro síntoma: ves La Bella y la Bestia y te molesta que Bella salga sin chaqueta. No por estética, sino porque “esa niña se va a resfriar”. Si tu primer impulso es recomendarle agua de panela con jengibre, amiga… bienvenida al club.
Pero el indicador final, el más definitivo, es cuando adoptas plantas.
Y no solo las cuidas. Les hablas. Las nombras. Las regañas.
Si te roban un topper y sientes que algo en ti se quebró… ya está. No lo niegues más.
Ser “señora” (o “señor”) no es el fin del mundo
Es solo el momento donde la comodidad empieza a importar más que el estilo, donde el silencio vale más que el plan, y donde un día libre significa poder organizar el armario en paz.
Así que si alguien te llama “señora” y te ofendes… lo siento. El título ya es tuyo.
Y piénsalo bien: es mejor que te digan “señora” a que te confundan con un “señor”.
Porque ahí, mi querida, la historia cambia.
¿Y tú? ¿Ya entraste al club? ¿O todavía niegas que prefieres quedarte en casa que salir a “rumbear”?
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