Cuando la realeza vomita en tu baño: elegancia, ficción y otros desastres con tacones
Hay citas que empiezan con promesas y terminan en mi baño.
Literal.
Hace unos días me vi con un viejo amigo que volvió al país, de esos que les va tan bien que hasta les crees la felicidad en Instagram. El plan: tragos, risas, update de vidas y —para sorpresa mía— la presentación de su nuevo «levante»: una niña universitaria con look de princesa turca y modales de catálogo.
La pelada llegó empacada como regalo costoso.
No hablaba fuerte, no sudaba, no se desacomodaba. Una de esas que ensaya la risa frente al espejo antes de salir.
Desde el primer sorbo se notaba que no venía a disfrutar, sino a deslumbrar.
Pero los martinis no perdonan.
En el carro, de regreso, yo ya le había notado la mirada ida. Ella sonreía como si nada, pero el cuerpo no mentía.
Hasta que lo vi: por la comisura de la boca, empezó a escurrirle un líquido espeso. No dijo ni pío. Se lo tragó. Como si la elegancia pudiera disimular la náusea.
Yo fingí demencia. Pero el olor no.
Al llegar a mi apartamento, pidió “retocarse un segundo” en el baño. Lo que hizo fue reventar.
Ruidos, arcadas, perfume barato y vómito mezclado con ego.
Y lo peor no fue eso: fue verla salir cinco minutos después, impoluta, perfumada y con cara de “yo jamás pierdo el control”.
Yo solo pensaba: qué esfuerzo tan hijuep* por parecer perfecta.**
Reflexión exprés:
¿Cuántas veces hemos hecho lo mismo en versión emocional?
Tragarnos el malestar, el miedo, la rabia, los celos…
Ponerle perfume a la incomodidad y fingir que estamos divinos mientras adentro se nos revuelven las tripas.
Porque sí, tragarse un vómito es grotesco.
Pero tragarse lo que uno realmente siente solo para no romper el personaje… eso es mucho peor.
Y eso, mi amor, no lo arregla ni el mejor iluminador de Sephora.
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