Hoy yo confieso: así dejé de correr detrás del amor (y aprendí a sentarme a esperar)
Al mejor estilo del acto penitencial católico: Hoy yo confieso.
Confieso que alguna vez fui un romántico con estrategia. Un ilusionista emocional. Un maestro del “te quiero, pero no tanto”. Maté el romance más de una vez por pura autopreservación… y por miedo. Miedo a la tusa eterna, al helado derretido en la pijama, al ciclo de “te extraño” mientras suena Arjona en modo castigo.
Confieso que me mentí. Que dije “ya superé eso” cuando bastaban dos tragos y una canción mal puesta para que mi pasado me cogiera del cuello. Que intenté gustarle a gente que no me gustaba, solo para ver si dolía menos cuando me dejaban.
Sí, fui de esos. De los que creen que si juegan bien las cartas, el corazón no se les rompe.
Confieso que también creí —y repetí— la frasecita de “amor a primera vista”. Pero con el tiempo descubrí que muchas veces no era amor: era impulso, deseo, o simple necesidad de calidez humana a cualquier costo.
También fui fan del drama: del fuego, del caos, de las cicatrices. Me encantaba el revolcón emocional hasta que entendí que hay heridas que no sanan con tiempo, sino con terapia… y con dejar de buscar a toda costa lo que no es para uno.
Durante años escribí sobre el amor en pasado, porque dolía menos teorizar que sentir. Pero ahora —con una que otra caída en el camino— entendí que el amor no es algo que se controla. Es algo que se permite. Que se construye sin urgencia, sin checklist, sin tratar de encajar donde no cabe.
Hoy confieso que ya no busco desesperadamente quién me abrace por las noches. Que ya no me urge una historia que impresione a mis amigos. Que, por primera vez en mucho tiempo, me siento tranquilo con lo que soy y con lo que no tengo.
Y eso —créeme— también es amor.


