Heart-shaped pendant with gold repairs on cracked surface
PARA SENTIR

Durante años pensé que tenía muy mala suerte en el amor. Después entendí que el problema era otro.

Hay recuerdos que uno preferiría dejar archivados para siempre. El mío tiene mas de veinte años, un pupitre de colegio y un beso tan desastroso que todavía estoy convencido de que fui un daño colateral. No era el protagonista de la escena. Era el compañero que estaba al lado cuando alguien decidió repartir besos con la misma precisión con la que un aspersor riega un jardín. Mi primer beso no tuvo música, ni mariposas en el estómago, ni una historia bonita para contar. Tuvo baba. Muchísima baba. Y la incómoda sensación de que aquella experiencia habría sido exactamente igual si yo hubiera sido otra persona… o el pupitre.

Después de eso hice lo mismo que hacemos casi todos cuando todavía no sabemos nada del amor: idealizarlo. En el colegio me enamoraba con una facilidad preocupante. Siempre había alguien que me parecía la persona más espectacular del mundo. Lo curioso es que esa persona casi siempre estaba ocupada siendo pareja de algún compañero mío. Yo era ese personaje secundario que aparecía en todas las historias románticas, pero nunca alcanzaba el casting para el papel principal. Hoy me río. En esa época no tanto.

Durante muchos años pensé que el amor era una especie de competencia donde algunos nacían con ventaja. Había personas que parecían tener un imán. Les gustaba alguien y, de alguna manera, la historia terminaba ocurriendo. Yo, en cambio, acumulaba frases que hoy hacen parte del patrimonio cultural de cualquier adulto: «te quiero muchísimo, pero…», «eres una gran persona», «no quisiera dañar nuestra amistad». Si existiera una tarjeta de cliente frecuente para los rechazos, probablemente tendría descuento vitalicio.

Lo curioso es que, mientras uno está viviendo todo eso, cree que el problema es la suerte. Que el universo decidió repartir el romance en otra fila y a uno lo dejaron haciendo cola donde entregaban inseguridades. Con el tiempo descubrí que era una explicación bastante cómoda. Siempre es más fácil echarle la culpa al destino que aceptar que uno también pasa años intentando gustarle a personas que nunca estuvieron mirando hacia el mismo lado.

Y, sin embargo, no cambiaría absolutamente nada.

Porque todas esas historias —las ridículas, las incómodas, las que terminaron antes de empezar y las que duraron más de la cuenta— fueron enseñándome algo que en ese momento era incapaz de entender. El amor no llega cuando uno aprende a gustarle a todo el mundo. Llega cuando deja de obsesionarse con convencer a quien claramente ya tomó una decisión.

Hace unos días encontré este texto que escribí hace muchos años. Me dio ternura. No porque estuviera mal escrito. Me dio ternura encontrarme con una versión mía que estaba convencida de que la felicidad dependía de encontrar a alguien. Hoy lo leo y siento ganas de abrazarlo un poquito. No porque estuviera equivocado por ilusionarse, sino porque todavía no sabía que la vida tenía la costumbre de sorprenderlo cuando dejara de intentar controlar el guion.

Supongo que crecer también consiste en eso. En mirar hacia atrás y descubrir que muchas de las tragedias que jurábamos iban a definirnos terminaron convirtiéndose en las mejores historias para contar alrededor de una mesa.

Y menos mal.

Porque si mi primer beso hubiera salido bien… probablemente este artículo sería muchísimo más aburrido.

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