Messy bedroom with unmade bed, cluttered nightstand, and mobile phone charging
Para calmarte,  PARA HABITARTE

No creo en el horóscopo. Igual lo leí.

Hoy hice algo que llevaba años sin hacer. Leí el horóscopo. Ni siquiera sé por qué. No estaba buscando una respuesta trascendental ni esperaba que un párrafo escondido entre los signos del zodiaco fuera a poner orden en mi vida. Simplemente lo abrí. Supongo que todos, de vez en cuando, sentimos la tentación de creer que alguien entiende un poquito mejor este desorden que nosotros. Lo realmente preocupante vino después. El horóscopo de Capricornio advertía que esa semana podría aparecer un dolor fuerte en las manos. Me asusté. Llevo meses con molestias en la mano derecha. Durante unos segundos pensé que tal vez había vivido cuarenta años engañado y que, en realidad, nunca fui Tauro. Debe sentirse muy parecido a descubrir que el señor al que uno le ha celebrado toda la vida el Día del Padre no era el papá. Hay noticias que uno no sabe ni dónde acomodar.

Siempre me ha parecido fascinante el momento en que alguien decidió mirar el cielo y encontrar respuestas en lugar de estrellas. Yo levanto la cabeza y veo un avión, un poste y, con suerte, la Luna. Pero hubo una persona que miró exactamente lo mismo y dijo: «Eso tiene forma de un escorpión». Después apareció otra que vio un león. Otra encontró un cangrejo. Y así, sin ningún pudor, terminaron armando un zoológico entero con puntos de luz que están a millones de kilómetros de distancia. Eso sí es imaginación. La mía no da para tanto.

Lo mejor vino cuando decidieron que la posición de ese zoológico celeste definía la personalidad de quienes nacíamos acá abajo. Si usted llega al mundo el 21 de mayo a las once y cincuenta y ocho de la noche, resulta que es paciente, estable y confiable. Pero si el parto se demora cuatro minutos, ya es otra persona completamente distinta. Yo no sé qué pasa en el universo entre las once y cincuenta y ocho y las doce y dos, pero debe haber un revolcón cósmico impresionante. Uno acá esperando que le sirvan el almuerzo y allá arriba reconfigurando personalidades a una velocidad envidiable.

Nunca he querido burlarme de quienes creen en estas cosas. Bastante difícil está ganarse la vida como para empezar a criticar el oficio ajeno. Lo que sí me produce curiosidad es la facilidad con la que aceptamos afirmaciones que jamás aceptaríamos en otro contexto. Si leo tres horóscopos distintos para Tauro encuentro tres futuros diferentes. Entonces me pregunto si las estrellas cambian dependiendo del periódico o si Mercurio también tiene convenios comerciales con las editoriales.

Y las predicciones… esas sí son una obra de arte. «Se acercan cambios importantes». Gracias. Eso es tan preciso como decir que algún día va a llover. «Conocerás a alguien especial». Claro que sí. Especial puede ser la persona que te alegra la semana o el odontólogo que descubre por qué llevas dos meses con dolor de muela. Todos somos especiales dependiendo del contexto. Así cualquiera acierta.

Mientras me reía solo leyendo semejantes maravillas entendí que llevaba un buen rato haciéndome la pregunta equivocada. Siempre pensé que el éxito del horóscopo estaba en convencer a la gente de que el futuro podía adivinarse. Ahora creo que funciona por una razón mucho más sencilla y mucho más humana.

Cansa no saber.

Cansa tomar decisiones todo el tiempo. Cansa preguntarse si uno hizo lo correcto, si era el momento indicado, si debía aceptar ese trabajo, hacer ese viaje, llamar a esa persona o dejar de insistir. Vivimos tomando decisiones pequeñas que, sin darnos cuenta, van armando la vida entera. Llega un punto en el que descansar también consiste en dejar que alguien más cargue, aunque sea por cinco minutos, con la responsabilidad de tener una respuesta.

Tal vez por eso el horóscopo sigue existiendo.

No porque las estrellas sepan algo que nosotros ignoramos.

Sino porque, durante un instante, nos permite sentir que el futuro no depende únicamente de nosotros.

Al final cerré la página exactamente igual que como la abrí. Sigo sin creer que Saturno tenga algo personal contra mi cuenta bancaria o que Venus esté demasiado ocupado organizando mi agenda. Pero sí entendí algo que antes no veía. Todos buscamos certezas. Unos las encuentran en las estrellas, otros en la ciencia, otros en la fe y muchos hacemos algo todavía más moderno: abrir Google a las dos de la mañana esperando que un desconocido en internet tenga exactamente la respuesta que llevamos horas buscando.

Y si algún día descubro que realmente soy Capricornio… prometo avisar. Porque después de tantos años siendo Tauro, cambiar de signo sería un drama familiar de esos que ameritan terapia.

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