PARA SENTIR

La primera vez que me sentí viejo fue por culpa de un pelado de 18 años

Todos tenemos una historia que nos obliga a aceptar que el tiempo pasó. Hay gente que lo descubre cuando le empiezan a doler las rodillas. Otros cuando entienden cómo funciona la declaración de renta. Yo lo descubrí una tarde cualquiera, escuchando a una amiga contar, por décima vez, que estaba completamente tragada de un tipo que acababa de salir del colegio.

Bueno… del colegio no. Pero casi. Ella ya había pasado los treinta. Él tenía dieciocho.

Todavía me acuerdo de la cara con la que soltó el dato. Era esa mezcla entre emoción y culpa que uno pone cuando sabe que el grupo de amigos está a punto de juzgarlo.

Lo mejor fue que intentó vendernos la historia como si el problema fuera la diferencia de edad. Que si el apartamento, que si el carro, que si el sexo era una maravilla, que si era un hombre increíble… hasta que llegó el famoso «pero». Si, Tenía dieciocho años.

Yo, que siempre he disfrutado más viendo las reacciones que los hechos, me dediqué a observarla. No estaba preocupada porque él fuera inmaduro. Estaba preocupada porque ella se sentía demasiado grande.

Y ahí me di cuenta de algo. La edad nunca ha sido un número. Es una sensación.

Cuando yo estaba en el colegio, los de once parecían señores. Hoy veo estudiantes universitarios y siento que deberían estar llegando a la casa a pedir permiso para salir. No sé en qué momento pasó. Tampoco recuerdo haber firmado ese documento. Simplemente un día ocurre.

Además, las nuevas generaciones hicieron trampa.

Nosotros crecimos con cortes de pelo que hoy merecen una investigación judicial, camisas gigantes y cantidades industriales de gel. Éramos la generación que creía que entre más brillante quedara el pelo, más levante tenía.

Ellos nacieron sabiendo posar para una foto. Uno los mira y parecen protagonistas de una campaña de ropa deportiva aunque solo estén comprando un café.

Lo intenté. Hace unos años pedí uno de esos cortes despeinados que ahora están de moda. El peluquero hizo lo suyo. El problema fue que, cuando llegué a la casa, descubrí que no me veía joven. Me veía como un señor haciendo cosplay de universitario.

Hay derrotas que es mejor aceptar temprano.

Después entendí que el verdadero problema no era salir con alguien mucho menor. El problema era creer que eso podía devolvernos una versión nuestra que ya no existe. Porque nadie rejuvenece por tomarse una foto con alguien de veinte.

Lo único que rejuvenece es seguir teniendo curiosidad, ganas de aprender y suficiente sentido del ridículo para reírse de uno mismo cuando intenta hacerse el surfer y termina pareciendo un profesor de educación física en crisis.

Mi amiga salió con ese pelado un tiempo más. Después la historia terminó, como terminan casi todas las historias que empiezan convencidas de que son la excepción. Yo me quedé con otra conclusión. Hay días en los que uno descubre que ya no pertenece a una generación. Y, contra todo pronóstico, eso no tiene por qué ser una tragedia. Es mucho peor pasarse la vida fingiendo que todavía sí.

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