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PARA SENTIR

El recibo más caro que he pagado este año

La semana pasada me llegó una notificación del banco y, por un segundo, pensé: «¿Ahora qué hice?». Porque llegar a cierta edad tiene esa particularidad. Uno ya no recibe mensajes del banco con ilusión. Uno los abre con la misma actitud con la que se abre un examen médico.

Entré a la aplicación y ahí estaba el cobro.

La renovación de mi blog.

No les voy a decir cuánto fue porque todavía no estoy listo para revivir ese trauma. Digamos que durante unos cinco minutos empecé a hacer cuentas de todo lo que hubiera podido comprar con esa plata. Mi lado dramático incluso alcanzó a pensar: «con razón no me alcanza el sueldo».

Lo curioso es que el problema nunca fue el cobro. El problema llegó unos segundos después, cuando caí en cuenta de una cosa bastante ridícula: llevaba un año pagando un lugar al que yo mismo había dejado de entrar.

Y eso sí me dio duro.

No porque el blog estuviera abandonado. Esa parte es evidente. Lo incómodo fue descubrir que yo llevaba meses diciendo que quería volver a escribir, mientras hacía exactamente todo lo necesario para que eso nunca pasara.

Siempre tenía una excusa buenísima. Que estaba lleno de trabajo. Que el algoritmo. Que la radio. Que las entrevistas. Que ya volvería cuando encontrara un momento tranquilo.

A propósito… ¿quién fue el genio que inventó el «cuando tenga tiempo»? Porque llevo años esperando conocer a ese señor y nunca aparece.

Hay una versión muy optimista de nosotros que cree que las cosas que amamos se quedan ahí, congeladas, esperándonos con paciencia. Como los juguetes de Toy Story cuando Andy cerraba la puerta. Uno supone que el libro sigue esperando ser escrito, que la cámara sigue esperando salir del cajón y que el blog sigue ahí, feliz, aguardando nuestro regreso.

Mentiras.

Las cosas no esperan.

Somos nosotros los que aprendemos a convivir con haberlas dejado atrás.

Lo más irónico es que yo sí entraba al blog. Bueno… no al blog. Entraba al banco a pagar el blog. Es decir, era más constante pagando por escribir que escribiendo. Si eso no merece terapia, al menos merece un muy buen café.

Y mientras me reía solo de semejante contradicción, entendí algo que me incomodó bastante. Yo siempre digo que las redes son mi trabajo y el blog era mi refugio. El problema es que, cuando el trabajo empezó a ocupar todo el espacio, terminé desalojando el refugio.

Qué negocio tan malo hice.

Porque uno puede dejar de ir al gimnasio un mes. Puede dejar de aprender italiano. Incluso puede abandonar esa guitarra que juró dominar durante la pandemia. Pero hay lugares que cumplen una función mucho más rara: nos recuerdan quiénes somos cuando nadie está mirando.

Para mí ese lugar siempre fue escribir aquí.

No porque este blog vaya a cambiarle la vida a alguien. Ni siquiera sé si va a cambiar la mía.

Lo extraño es que bastó una notificación del banco para recordar que las cosas que uno abandona no siempre desaparecen. A veces simplemente esperan el momento más inoportuno para tocarte el hombro y decirte: «Hola. ¿Te acuerdas de mí? Porque yo todavía me acuerdo de ti».

Y, la verdad, me salió bastante caro necesitar ese recordatorio.

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