Madurar también fue aprender a echar reversa
Hay una palabra que siempre me ha dado mucha risa y que, además, siento que usamos muy poco: patracear. No sé si exista en el diccionario, pero en Norte de Santander todos entendemos perfectamente lo que significa. Es ese momento en el que uno mete reversa porque, después de pensarlo mejor, descubre que seguir derecho sería una pésima idea.
Durante mucho tiempo creí que patracear era sinónimo de fracasar. Me daba la sensación de que echarse para atrás era una falta de carácter, una forma elegante de decir «no fui capaz». Hoy pienso exactamente al contrario. Creo que una de las habilidades más importantes que he aprendido como adulto ha sido reconocer cuándo una decisión merece una segunda mirada, incluso si eso implica aceptar que uno se equivocó.
Lo entendí una noche que, sin saberlo, me estaba ahorrando un problema enorme.
Había conocido a alguien en una fiesta. Era de esas personas que parecen iluminar cualquier lugar al que llegan. Bailaba con todo el mundo, hacía reír a cualquiera y tenía esa facilidad para conversar que hace sentir que la noche nunca debería terminar. Durante las semanas siguientes salimos varias veces. Cine, cenas, conversaciones largas y esa sensación tan típica del comienzo, donde uno completa con imaginación las partes que todavía no conoce de la otra persona.
Hasta que una noche terminé en su apartamento.
No fue un detalle el que me hizo ruido. Fue la suma de muchos. El olor a humedad que parecía llevar años instalado en las paredes, el desorden que ya no era un accidente sino una forma de vivir, las sábanas que pedían auxilio desde hacía varios días y, finalmente, pequeñas señales que me hicieron entender que había una batalla mucho más grande ocurriendo en esa casa. Una batalla que esa persona todavía no estaba ganando.
Recuerdo perfectamente ese momento porque, por unos segundos, intenté negociar conmigo mismo. Empecé a justificar cosas. «De pronto tuvo una semana difícil.» «Capaz está pasando por un mal momento.» «Tal vez estoy exagerando.» Qué facilidad tenemos para fabricar excusas cuando queremos que algo funcione.
Pero hubo una voz muy pequeña, casi imperceptible, que me dijo que no.
Y, por primera vez, le hice caso.
Recogí mis cosas, pedí un taxi y me fui.
Durante años conté esa historia como si hubiera escapado de una mala cita. Hoy entiendo que nunca se trató de eso. Se trató de haber aprendido a reconocer que una decisión también puede cambiarse cuando aparece información nueva. Que insistir no siempre es una muestra de amor. A veces es una muestra de terquedad.
Nos enseñaron a admirar a la gente que nunca se rinde. Nos contaron historias de quienes aguantaron un poco más y terminaron triunfando. Lo que casi nunca nos enseñan es que también hay una enorme sabiduría en saber retirarse a tiempo. Hay trabajos de los que vale la pena irse. Negocios que no conviene firmar. Amistades que dejaron de hacernos bien. Relaciones que, por mucho potencial que tengan, no son el lugar donde uno quiere construir su vida.
Patracear no siempre significa retroceder.
A veces significa dejar de caminar hacia el sitio equivocado.
Y, visto así, quizá la reversa nunca fue una derrota.
Quizá era la única manera de seguir avanzando.


