La adultez no eliminó mis miedos. Solo les cambió el nombre.
El otro día pasé por uno de esos parques donde la gente hace fila para entrar a una casa del terror. Afuera se escuchaban gritos, risas nerviosas y personas saliendo con esa mezcla extraña entre alivio y vergüenza. Mientras los veía, pensé que quizá ya no soy el público objetivo de esas atracciones. No porque me haya vuelto más valiente. Al contrario. Creo que nunca había tenido tantos motivos para asustarme. Lo único que cambió es que los monstruos dejaron de usar máscaras.
Cuando era niño tenía miedo de apagar la luz y que algo saliera de debajo de la cama. Hoy apago la luz sin problema. Lo que me cuesta es abrir un correo que empieza con: «Queremos hablar contigo». Hay frases que producen más taquicardia que cualquier payaso con motosierra.
La adultez tiene esa particularidad. Uno cree que crecer consiste en dejar atrás los miedos y resulta que lo único que hace es cambiarles el uniforme. Antes el terror era perderse en un centro comercial. Hoy es perder el celular cuando uno tiene allí la vida completa: tarjetas, documentos, fotos, conversaciones, contraseñas y hasta la dignidad. Antes daba miedo sacar una mala nota. Hoy da miedo que el banco escriba para decir que detectó un movimiento inusual en la cuenta. No sé ustedes, pero a mí esa notificación me acelera más el corazón que cualquier película de terror.
También están esos sustos que llegan vestidos de absoluta normalidad. El jefe que dice: «¿Tiene un minuto?». El médico que, después de revisar unos exámenes, pide repetirlos «solo para estar seguros». El contador que escribe en agosto diciendo que necesita hablar de la declaración de renta. Ahí entendí que los verdaderos monstruos aprendieron a pedir cita y a hablar con una calma desesperante.
Con el tiempo descubrí que el miedo adulto casi nunca hace ruido. No aparece con música de suspenso ni entra rompiendo una puerta. Llega en silencio. Se sienta al lado de uno mientras espera una llamada, mientras actualiza una página que no carga o mientras hace cuentas para ver si el sueldo alcanza hasta fin de mes. Es un miedo mucho más elegante y, precisamente por eso, mucho más difícil de detectar.
Lo curioso es que, al mismo tiempo, también aprendemos algo que de niños no sabíamos. Descubrimos que casi todos esos miedos terminan pasando. Uno sobrevive a conversaciones incómodas, a facturas inesperadas, a decisiones difíciles y hasta a esos correos que parecían anunciar el fin del mundo. La mayoría de las veces, el monstruo era bastante más pequeño de lo que imaginábamos.
Por eso hoy miro con cierta ternura a ese niño que dormía con miedo a que hubiera algo debajo de la cama. Si pudiera hablar con él, no le diría que los monstruos no existen. Le mentiría.
Le diría la verdad.
Que sí existen.
Solo que, cuando uno crece, dejan de esconderse en el clóset y empiezan a aparecer en el calendario, en la bandeja de entrada del correo y en las notificaciones del banco.
Y aun así, curiosamente, uno también aprende a vivir con ellos.


