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La adultez no eliminó mis miedos. Solo les cambió el nombre.
El otro día pasé por uno de esos parques donde la gente hace fila para entrar a una casa del terror. Afuera se escuchaban gritos, risas nerviosas y personas saliendo con esa mezcla extraña entre alivio y vergüenza. Mientras los veía, pensé que quizá ya no soy el público objetivo de esas atracciones. No porque me haya vuelto más valiente. Al contrario. Creo que nunca había tenido tantos motivos para asustarme. Lo único que cambió es que los monstruos dejaron de usar máscaras. Cuando era niño tenía miedo de apagar la luz y que algo saliera de debajo de la cama. Hoy apago la luz sin problema. Lo que me…


