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El problema de volver con un viejo amor es que uno nunca vuelve con la misma persona

Siempre me ha parecido sospechosa esa frase de «el amor de mi vida». No porque no exista, sino porque casi siempre la pronunciamos muchos años después, cuando la memoria ya hizo lo suyo y empezó a borrar las partes incómodas de la historia.

La memoria es tramposa. Tiene la mala costumbre de dejar los besos, las risas y los momentos felices intactos, mientras va desgastando las discusiones, las incompatibilidades y todas esas razones por las que, precisamente, la relación terminó. Con el tiempo uno deja de recordar a la persona y empieza a recordar la versión editada de esa persona.

Hace unos días pensé mucho en eso por culpa de Sofía.

Después de un divorcio, tres hijos y más años sola de los que cualquiera quisiera contar, volvió a encontrarse con el primer hombre que le aceleró el corazón cuando todavía estaban muy jóvenes. Se reconocieron enseguida, hablaron de la vida, recordaron anécdotas y, como suele pasar cuando uno ya tiene varios kilómetros recorridos, sintieron que quizá el destino les estaba dando una segunda oportunidad.

Durante varias semanas salieron, hicieron planes y recuperaron esa sensación tan rara de ilusionarse otra vez. Viéndola hablar era imposible no contagiarse un poco de su entusiasmo. Tenía esa sonrisa de quien empieza a creer que la vida todavía guarda sorpresas agradables.

Hasta que un día todo terminó.

No porque hubiera pasado algo extraordinario. Simplemente la historia se acabó.

Mientras ella me contaba lo que había vivido, me di cuenta de que la parte más dura no era aceptar que esa relación no había funcionado. Lo verdaderamente difícil era aceptar que el hombre del que se estaba despidiendo nunca fue exactamente el mismo del que se había enamorado tantos años atrás.

Y ahí entendí algo que nunca había pensado.

Uno no vuelve con un viejo amor.

Uno vuelve con un recuerdo.

Y los recuerdos son pésimos administrando expectativas.

Mientras uno sigue imaginando a esa persona como la dejó hace veinte años, la vida siguió haciendo su trabajo. Llegaron otras relaciones, otras heridas, otros miedos, otras costumbres y otras versiones de cada uno. Pretender que dos personas van a reencontrarse exactamente donde dejaron la historia es como creer que un libro continúa igual después de haber permanecido cerrado durante dos décadas.

No continúa.

Los personajes cambiaron.

Nosotros también.

Tal vez por eso las segundas oportunidades generan tanta expectativa. En el fondo no queremos volver con alguien. Queremos volver a sentir lo que éramos cuando esa persona apareció por primera vez. Queremos recuperar una versión nuestra que ya no existe. Y esa es una tarea imposible para cualquier relación.

Con los años he aprendido que la nostalgia es una pésima consejera cuando se trata del amor. Nos convence de que antes todo era más simple, más bonito o más intenso, cuando en realidad lo único que ha hecho es suavizar los bordes de la historia. Es como esas fotografías viejas que, de tanto verlas, terminan pareciendo más bonitas de lo que fueron el día en que las tomaron.

No estoy diciendo que nunca haya que volver. Hay historias que merecen una segunda oportunidad y personas que cambian de verdad. Lo que sí creo es que conviene llegar con una idea muy clara: la persona que uno recuerda ya no existe. Y uno tampoco.

Quizá esa sea la única forma sana de volver a empezar.

No buscando recuperar el pasado.

Sino teniendo el valor de conocer, otra vez, a quien hoy tenemos al frente.

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