Aprendí a cocinar porque me estaba muriendo… y no solo de hambre: 5 cosas que entendí tarde
Yo también usé la cocina como bodega. Guardé cajas de pizza, bolsitas de salsas vencidas y, en algún momento, hasta tenía una licuadora que nunca enchufé. ¿Para qué, si existían los domicilios?
Pero hubo un día —no sé si fue el arroz crudo, la arepa quemada o el hígado encebollado versión apocalipsis— en que entendí que si no aprendía a cocinar, me iba a morir. No de hambre. Sino de pereza, desgano y dependencia emocional de Rappi.
No fue de un día para otro. Fue de quemarme 7 veces, intoxicarme y entender 5 cosas básicas que nadie me dijo, pero que hoy te las dejo aquí, por si estás donde yo estuve hace años: solo, con una cocina vacía y miedo a prender la estufa.
1. Tu cocina no es un depósito, es un espejo
Si tu cocina está llena de mugre, cajas y cerveza, eso dice mucho de cómo estás por dentro. Suena dramático, pero es real. Cocinar es ordenarte.
2. Hay 3 cosas que debes comprar antes que una airfryer:
Una buena tabla, un cuchillo que corte y aceite de oliva. Punto. Eso cambia todo. Lo demás es decoración.
3. El “no sé cocinar” es una excusa con WiFi
Hoy hay TikToks, blogs, IA, recetas para torpes, y hasta cursos gratis. Pero si no te importa aprender, no es por dificultad: es porque no has entendido que cocinar es autocuidado.
4. Empieza con lo que conoces, pero hazlo bien
Huevos, pasta, arroz. Pero con calma, con fuego bajo, con música puesta. No le pongas todo a la sartén como si estuvieras apagando un incendio.
5. No todo va a salir bien, y está bien
Vas a quemar cosas, a pasarte de sal, a llorar cortando cebolla (y por exs, ya que estamos). Pero un día te va a salir algo tan rico, que vas a querer llamar a alguien solo para decirle: “¿sabías que yo cociné esto?
Yo creía que cocinar era perder tiempo. Hoy sé que es ganar presencia, dejar de depender de otros para alimentarte, y tener algo en lo que confiar incluso cuando todo lo demás se siente incierto.
Cocinar me salvó. No como en una película francesa. Me salvó de la desgana, de los domingos tristes, de los microondas eternos. Me regaló propósito, sentido y sabor.
Y sí: todavía tengo arroz que me queda como cemento… pero es mi cemento. Y sabe mejor que cualquier combo con salsa tártara.
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