PARA SENTIR

Este fue el día en que entendí por qué extrañaba a mi ex… (y no era por amor)

«Creí que era el inicio de mi nueva vida. Resultó ser también el cierre de una historia que no sabía que seguía abierta.»

Hace catorce años, recién llegué a Bogotá en bus, con una mochila, con mi gato y un dolor emocional tan grande como la cuota de arriendo que apenas podía pagar, me mudé solo por primera vez.
Había salido de una relación que en su momento pensé que iba a ser mi última, de esas donde uno ya mira persianas y juegos de cubiertos como si fueran símbolos del amor eterno. Spoiler alert: no lo eran.

Conseguí un apartamentico en arriendo, muy pequeño pero lo sentía enorme porque estaba literalmente vacío. Tenía solo dos ventanas. Una la de la habitación tenía vista a una pared y la de la sala a la entrada al edificio. Así que no fue el penhouse que me soñé alguna vez. pero aun así había una promesa que me repetía todas las noches como mantra: “ahora sí, empieza mi vida.”

Lo que no sabía era que antes de empezar la nueva vida, hay que llorar bien la anterior.

Y eso no te lo dicen cuando firmas el contrato. Nadie te advierte que un martes cualquiera, mientras vuelves del supermercado con tres bolsas y una ilusión, puede detonarse todo el drama existencial por una simple bolsa de huevos rotos.

Literal. Entré al apartamento, me quité los zapatos, puse el mercado sobre la mesa. Todo bien. Hasta que escuché plop. La bolsa de los huevos se cayó, como se caen las ilusiones cuando te das cuenta de que estar solo no siempre es “libertad”, a veces es simplemente… estar solo.
Me quedé mirando ese desastre de yema y cáscara en el piso, mientras el jazz sonaba de fondo, la lluvia golpeaba la ventana y mi cerebro, muy romántico él, decidió que era el momento perfecto para recordar todo lo que había perdido.

No sé si les pasa, pero uno no recuerda las peleas, las decepciones ni los domingos de silencio. No. Uno recuerda los desayunos en pijama, los abrazos de espaldas, los mensajes que decían «ya casi llego». Recordar es un acto selectivo y malintencionado. Un saboteador profesional.

Sentado en el suelo al lado de los huevos estrellados, me di cuenta de algo: no era la primera vez que se me rompía algo. Y probablemente no sería la última. Pero al menos esta vez tenía papel absorbente y una sartén.
Así que los colé, tiré las cáscaras, y me hice la tortilla más épica de mi vida. Le puse sal, pimienta y un toque de resignación. Y comí. Solo. Pero lleno.

Vivir solo no es solo una dirección nueva. Es una experiencia que te enseña que la soledad tiene sus propias recetas, que el corazón también se recompone con huevo, y que a veces estar en el piso viendo el desastre… es justo el lugar donde empieza todo.