PARA SENTIR

El baño, el trago y el tercer plano: crónica de una cita compartida

Hay noches que prometen romance, y otras que te devuelven al espejo con una botella en la mano y la sospecha de que el universo ya te tiene encasillado como el narrador de turno.

Hace varios años, decidí salir un viernes en la noche con una de esas personas con las que uno tuvo algo —una historia sin nombre definido, pero con suficientes capítulos como para justificar un reencuentro. Se sumaron a la cita una reconocida médico amiga suya y mi gran amigo Felipe. El plan sonaba bien: un bar, unos tragos, una conversación nostálgica. Nada podía salir mal. Esa era la teoría.

Estuvimos en un bar, luego caímos en una discoteca. Bailamos, reímos, bebimos. Todo fluía. Hasta que David, ese personaje intermitente pero magnético, escribió por BlackBerry (sí, eran esos tiempos) preguntando dónde estábamos. Treinta minutos después, ya éramos cinco, pasándola de maravilla en uno de esos sitios de moda que ya no existen.

Pero como siempre pasa, el caos empieza en silencio. Yo salí a fumar un cigarrillo a la terraza, creyendo que no me perdería mucho. Cuando regresé, el escenario había cambiado como si alguien hubiera activado el modo novela.

Felipe estaba besándose con la persona con la que yo había salido. David con la médico. Y yo, fiel a mi destino tragicómico, tenía en mi boca el pico de una botella. Otra vez en el tercer plano, brindando con el vacío.

Una hora más tarde, la coreografía seguía: besos, risas, planes de madrugada. Terminamos en el apartamento de mi ex casi algo. Seguimos bebiendo, hablando bobadas, pretendiendo que la noche era joven y nadie tenía cicatrices.

Hasta que Felipe fue al baño. La dueña de casa, con generosidad arquitectónica, decidió acompañarlo para mostrarle la puerta, el papel, el jabón y… todo lo que no aparece en los planos del apartamento. Salieron ocho minutos después, en silencio, con esa cara de “no pasó nada” que todos sabíamos traducir.

Luego, el turno fue para David. Y la médica —con esa precisión quirúrgica que da la experiencia— repitió el ritual: puerta, papel, jabón… y todo lo demás. Solo que esta vez, lo que sucedió adentro se escuchó afuera. La escena se convirtió en una mezcla de telenovela erótica y broma universitaria. Lo que sea que haya pasado ahí dentro, no necesitó traducción.

Diez minutos después salieron, fingiendo que nada había pasado, mientras todos seguíamos el juego: risa contenida, silencio cómplice, mirada al piso. Nadie dijo nada. Nadie necesitaba hacerlo.

Desde esa noche, David quedó flechado por la distinguida médica. Felipe y mi ex casi algo tuvieron una mini historia fugaz que acabó una semana después. Y yo, bueno… me quedé con la botella, la risa y la historia. Porque cuando tus amigos viven películas románticas, y tu solo escribes los subtítulos, hay que aceptar el rol de cronista con algo de dignidad y otro poco de sarcasmo.