PARA SENTIR

Vivir solo sin volverte loco: mi método para no terminar hablándole al gato (o al portero)

Cuando uno vive solo, hay días en los que la soledad se siente como una copa de vino en silencio… y otros en los que parece una broma pesada.
Yo me fui a vivir solo hace más de una década. Bogotá, un arriendo modesto, una ruptura reciente y una ciudad donde el frío se cuela incluso en la lista del mercado. Fue una mezcla entre el primer capítulo de Sex and the City y el piloto de un reality emocional llamado “Mateo: edición sin testigos”.

 

1. La parte buena: nadie te dice cómo, pero lo logras
Vivir solo te obliga a conocerte más de lo que cualquier pareja, jefe o mamá lo haría jamás.
Uno empieza a notar sus mañas, a entender sus silencios, y a crear rutinas tan específicas como poner la loza en el mismo lugar o sacar la basura los jueves. El tema es que nadie te advierte lo rara que puede volverse la mente cuando la única conversación en casa es con un gato que no habla español. (El mío, Milo en ese momento, lo ha intentado, pero no tiene mucha paciencia con mi acento).
2. ¿Soledad o libertad? El matiz está en el hábito
Con el tiempo descubrí que vivir solo no es sinónimo de aislamiento, pero sí requiere estrategia emocional.
Yo, por ejemplo, le pedí a mi mamá que me llamara todos los días, como ritual, como recordatorio de que existo. Duró una semana. Me dijo que madurara y que si quería hablar, que saliera al parque o que la llamara
3. ¿Y si no quiero hablar con nadie?
No soy de los que hace amigos en el banco.
No me nace forzar conversaciones con el portero, ni soportar el monólogo de un taxista. Me cuesta ese tipo de socialización improvisada, esa limosna emocional. Y por eso entendí que tenía que inventarme una forma de comunicarme sin renunciar a mi autenticidad.
4. Vivir solo es habitarte (aunque a veces no te aguantes)
La soledad no es un monstruo. Es un espejo con eco.
Cuando uno vive solo, tiene que aprender a ser su propio entretenimiento, terapeuta, chef y DJ.
Hay días en los que me siento un adulto funcional; otros, un champiñón con WiFi. Pero con dignidad.
Vivir solo no es para todos, pero si te toca (o lo elegís), arma tu propio manual.
Pedí ayuda cuando lo necesites, busca rituales que te conecten, y sí, háblale a tu gato si es necesario.
Él al menos no te va a decir que madurez.
Y si algún día se te olvida cómo hablar, al menos que sea porque estabas escuchándote por fin.