Mi cocina era un depósito de domicilios… hasta que me enseñó a cuidarme mejor
Durante mucho tiempo, mi cocina fue una especie de bodega: guardaba paquetes de arroz, salsas vencidas y muchas cajas de domicilio acumuladas sin pensar. Nunca me sentí parte de ese espacio. Cocinar, para mí, era una tarea que otros sabían hacer. Yo creía que no tenía el talento, ni la paciencia, ni el tiempo.
Hasta que llegó la pandemia.
Con el encierro, el miedo a contagiarme y la desconfianza de tocar cualquier bolsa de afuera, decidí algo que nunca había considerado en serio: aprender a cocinar. No por moda, no por necesidad estética, sino porque era la única forma real que tenía en ese momento de cuidarme. Y ahí empezó todo.
El primer intento: hummus
Mi primer experimento fue hacer hummus. Sencillo, sin muchas expectativas. Seguí una receta básica, con más miedo que confianza, y el resultado fue sorprendente: quedó rico. De verdad. No perfecto, pero suficiente para pensar “¿y si intento con otra cosa?”.
Desde ahí, me fui soltando. Empecé a cocinar para mí. A probar recetas, a equivocarme, a sentir que ese espacio —mi cocina— ya no era ajeno. Hoy, todavía me cuesta hacer pan, pero ya no me frustra. Porque entendí algo clave: cocinar no es para expertos. Es una forma de habitarse.
Si alguna vez pensaste que cocinar no era lo tuyo…
Te entiendo. Yo también lo pensé. Pero a veces, cocinar no es un acto culinario. Es una forma de reconectar contigo, de estar presente, de saber qué estás comiendo y de darle intención a algo tan cotidiano como preparar el almuerzo.
No necesitas ser chef, ni tener los utensilios perfectos, ni seguir todas las reglas. Solo necesitas empezar. Aunque sea con un hummus.


