PARA HABITARTE

El día que descubrí que el problema era yo

Durante una época de mi vida tuve una suerte espantosa con las relaciones. Siempre terminaba con personas que hacían algo que conseguía sacar la peor versión de mí: una despertaba mis celos, otra mi inseguridad, otra conseguía que desconfiara hasta del saludo del portero y, cuando las cosas inevitablemente terminaban mal, yo podía sentarme con mis amigos a explicar durante horas todas las razones por las que aquella persona había conseguido llevarme hasta ese punto.

Y lo mejor es que tenía pruebas.

Capturas de pantalla, conversaciones, comportamientos extraños y una argumentación tan impecable que después de escucharme cualquiera podía llegar a la misma conclusión: pobre Mateo, otra vez le tocó alguien complicado.

Hasta que cambié de persona.

Y volvió a pasar.

Después apareció otra.

Y volvió a pasar.

No recuerdo exactamente cuándo tuve la revelación, pero debió sentirse parecido a descubrir que uno lleva media hora buscando los lentes mientras los tiene puestos. Si cambiaban las personas, cambiaban las circunstancias y hasta cambiaban los problemas, pero todas mis historias terminaban teniendo al mismo personaje armando un escándalo en la mitad: yo, existía una posibilidad bastante incómoda de que el universo no estuviera conspirando en mi contra.

Qué pena.

Yo era el problema.

No en todo, obviamente. Con los años también aprendí que asumir responsabilidades no significa adoptar culpas ajenas como mascotas. Hubo gente que hizo cosas mal y relaciones que sencillamente no podían funcionar. Pero una cosa era lo que los demás hacían y otra muy distinta lo que yo hacía con eso. Mis celos, mis reacciones, mis inseguridades y algunos espectáculos que hoy preferiría atribuirle a un hermano gemelo malvado seguían siendo míos.

Lo curioso es que descubrirlo no fue tan terrible como parece. De hecho, terminó siendo una buena noticia.

Porque mientras el problema fueran todos los demás, yo necesitaba que el mundo entero cambiara para poder estar bien. Necesitaba encontrar a la persona que jamás me hiciera sentir inseguro, el trabajo donde nadie me frustrara, los amigos que nunca me decepcionaran y una vida tan perfectamente diseñada alrededor de mis necesidades que básicamente necesitaba mudarme a una película de Disney.

Cuando entendí que una parte del problema estaba de mi lado, por primera vez también pude hacer algo con ella.

Y las cosas empezaron a cambiar.

No porque me haya convertido en un ser humano emocionalmente impecable —Dios nos libre de semejante aburrimiento— sino porque dejé de esperar que alguien viniera a corregir desde afuera lo que me correspondía revisar por dentro.

Desde entonces, cuando algo empieza a salir mal una y otra vez, intento mirar primero qué cambió. Y si cambiaron los nombres, los lugares y las circunstancias, pero la historia sigue terminando exactamente igual, hago una revisión bastante poco agradable.

Porque a veces uno no tiene mala suerte.

A veces uno es el patrón que se repite.

Y descubrirlo puede doler muchísimo menos que seguir repitiéndolo.

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