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El día que descubrí que el problema era yo
Durante una época de mi vida tuve una suerte espantosa con las relaciones. Siempre terminaba con personas que hacían algo que conseguía sacar la peor versión de mí: una despertaba mis celos, otra mi inseguridad, otra conseguía que desconfiara hasta del saludo del portero y, cuando las cosas inevitablemente terminaban mal, yo podía sentarme con mis amigos a explicar durante horas todas las razones por las que aquella persona había conseguido llevarme hasta ese punto. Y lo mejor es que tenía pruebas. Capturas de pantalla, conversaciones, comportamientos extraños y una argumentación tan impecable que después de escucharme cualquiera podía llegar a la misma conclusión: pobre Mateo, otra vez le tocó…


