Nunca vuelva a decirme: “Tengo a alguien para presentarle”
Si hay una frase que durante años consiguió aterrarme fue: “Tengo a alguien para presentarle”. A mí me decían eso y yo inmediatamente veía el subtítulo: “Siga por este portón, por favor, que ya abrieron el matadero”. Nunca entendí esa necesidad que tiene la gente de emparejar a los demás, especialmente cuando uno está soltero. Es como si vieran una vacante que necesita ser cubierta urgentemente y, por alguna razón, ellos fueran Recursos Humanos.
Caí en la trampa durante el cumpleaños de un amigo. Me habían hablado maravillas de una persona que, según ellos, tenía todo para gustarme y, como aparentemente compartir estado civil ya constituye un 80 % de compatibilidad, terminaron sentándonos prácticamente juntos. La cosa funcionó perfectamente… para una de las partes. Yo le gusté. Muchísimo. A mí, en cambio, no me produjo ni curiosidad. No quería saber qué hacía, qué música escuchaba ni cuáles eran sus planes para el fin de semana. Llegó un punto en el que ni siquiera quería que me tuviera el vaso mientras iba al baño.
El problema fue que la otra persona estaba encantada y yo no encontraba una manera educada de hacerle entender que aquello no iba para ninguna parte. Cada vez que intentaba escaparme aparecía algún amigo con una frase motivacional: “dele una oportunidad”, “quién quita”, “por eso está solo”, “si no le gusta pueden ser amigos”. Incluso alguien tuvo la desfachatez de preguntarme si tenía algo mejor que hacer. Sí. Claro que tenía algo mejor que hacer. Irme a mi casa a mirar el techo me parecía, en ese momento, un plan extraordinario.
Pero la fiesta parecía no terminar nunca. No servían la comida, no partían la torta y nadie tenía la cortesía de emborracharse lo suficiente como para desviar la atención de mi emparejamiento forzado. Mientras tanto, yo seguía escuchando planes para una segunda cita que ni siquiera sabía que habíamos acordado. Cuando finalmente apareció la torta y empezaron a cantar aquello de “hasta el año diez mil”, sentí que la canción estaba describiendo exactamente cuánto llevaba sentado allí. Antes de que terminaran de repartirla, yo ya estaba buscando cómo largarme.
Nunca hubo segunda cita.
Durante mucho tiempo pensé que aquella noche solamente había confirmado que mis amigos tenían un gusto espantoso para escoger por mí. Hoy creo que también me enseñó algo que me tomó años entender: alguien puede ser maravilloso y aun así no gustarme. No necesito encontrarle un defecto, demostrar que es incompatible conmigo ni someter la falta de química a un comité de amigos para justificarla. A veces simplemente no pasa nada. Y no pasa nada porque no pase nada.
Quizá por eso todavía me incomoda cuando alguien anuncia emocionado que conoce a “la persona perfecta para mí”. Puede que tenga razón, claro. La vida también se ha encargado de demostrarme que uno nunca sabe por dónde puede aparecer alguien que le cambie los planes. Pero preferiría descubrirlo yo, sin cinco personas alrededor observando si hacemos química mientras parten una torta.


