El amor no es ciego. Uno es el que decide no ponerse las gafas
Hace poco vi una foto de alguien que años atrás me había parecido absolutamente irresistible y tuve una reacción que me preocupó: acerqué la pantalla, la alejé, volví a mirarla y pensé: ¿en serio?
No quiero ser injusto porque seguramente esa persona podría hacer exactamente el mismo ejercicio conmigo y terminaríamos empatados. Pero me pareció fascinante comprobar que alguien que en determinado momento tuvo iluminación celestial, cámara lenta y banda sonora incluida, hoy podía aparecer frente a mis ojos como lo que siempre había sido: un ser humano completamente normal.
Ahí recordé que enamorarse tiene efectos visuales.
Cuando uno está enamorado, Bogotá no está gris por la contaminación sino cubierta por una romántica neblina. Ese perro caliente de esquina que cuesta dos pesos no amenaza con gastroenteritis: es nuestro lugar. Y el cuchitril donde alguna vez terminamos porque no había plata para algo mejor adquiere inmediatamente categoría de hotel boutique porque “lo importante es estar juntos”.
Uno enamorado es un agente de relaciones públicas extraordinario.
No solamente embellece lugares. También personas.
El tacaño se vuelve “muy organizado con la plata”. El intenso es “detallista”. El que desaparece durante horas “necesita su espacio”. El que coquetea con media ciudad simplemente “es muy sociable”. Uno recibe todas las pruebas, las organiza cuidadosamente sobre la mesa y después construye una explicación para que ninguna contradiga la historia de amor que quiere seguir viviendo.
Hasta que se acaba.
Y ahí ocurre un fenómeno maravilloso: recuperamos la visión.
De repente aquel defecto adorable empieza a parecernos insoportable, la costumbre que nos causaba ternura nos desespera y descubrimos que esos ojos que tanto nos gustaban estaban haciendo un trabajo impresionante cargando prácticamente solos con el resto de la cara.
Qué pena.
Pero creo que también hay algo bonito en esa vergüenza que sentimos después. Porque cuando uno mira hacia atrás y piensa “¿cómo pude llorar tanto por esa persona?”, significa que ya consiguió suficiente distancia para verla sin todos los efectos especiales.
Hoy tampoco creo que enamorarse consista en encontrar a alguien sin defectos. Eso sería bastante aburrido y, además, imposible. Creo que querer bien también significa conocer las partes poco fotogénicas de alguien y decidir que uno puede convivir con ellas sin tener que inventarles otro nombre.
Porque quizá ahí está la diferencia.
Una cosa es querer a alguien sabiendo perfectamente quién es.
Y otra muy distinta es enamorarse de la versión que uno mismo editó.
Yo he hecho las dos.
La segunda tenía mejores efectos especiales.
La primera, por fortuna, se parece mucho más a la vida.


