Para cuidarte,  PARA HABITARTE

Todo lo que me enseñaron mal sobre sexo antes de empezar a tenerlo

El otro día terminé en una conversación sobre sexo de esas que empiezan hablando de cualquier pendejada y, veinte minutos después, ya hay alguien explicando una posición sexual mientras otra persona pregunta si queda postre. Supongo que esa es una de las ventajas de crecer: llega una edad en la que podemos hablar de nuestros genitales con la misma naturalidad con la que hablamos del clima.

En algún momento alguien recordó uno de esos mitos sexuales con los que crecimos y yo empecé a hacer memoria. Dios mío. ¿Cómo sobrevivimos?

Mi educación sexual tuvo básicamente dos fuentes: el colegio, donde explicaban la reproducción como si estuvieran describiendo el funcionamiento de una licuadora, y mis amigos, que no sabían un culo pero hablaban con una seguridad que ya quisiera cualquier especialista de Harvard. Entre ambos me prepararon para iniciar mi vida sexual sabiendo perfectamente qué era un espermatozoide y teniendo muy poca idea de qué hacer cuando apareciera uno.

Por ejemplo, durante una temporada estuve convencido de que masturbarme demasiado podía dejarme ciego. No recuerdo quién me dio semejante información, pero evidentemente le creí. Y tampoco crean que eso me hizo desistir. Simplemente agregó una variable de riesgo a la actividad. Uno entraba al baño, hacía lo que tenía que hacer y después salía comprobando discretamente que todavía podía leer el letrero del champú.

También estaban los pelos en las manos, porque aparentemente masturbarse no solamente podía dejarlo a uno ciego sino convertirlo lentamente en Chewbacca. No sé qué adulto inventó semejante campaña de terror, pero tuvo éxito: millones de adolescentes con las palmas perfectamente lampiñas convencidos de estar a dos pajas de una tragedia.

Después apareció otra de las grandes preocupaciones: el tamaño. Durante años nos hicieron creer que la hombría podía medirse con una regla y que unos centímetros determinaban automáticamente cuánto placer podía sentir otra persona. Luego uno empieza a tener sexo de verdad y descubre que un cuerpo es bastante más complejo que una cinta métrica. Tener una guitarra enorme tampoco convierte a nadie en Carlos Santana.

Pero probablemente la colección más extraordinaria de mitos estaba alrededor de la virginidad. Tuve una amiga que quería “guardarse” para el matrimonio y encontró una solución logística maravillosa: podía hacer prácticamente de todo siempre que evitara una penetración vaginal.

Era básicamente una notaría sexual.

Según su reglamento interno podía recorrerse media enciclopedia del sexo, pero mientras determinada frontera permaneciera intacta, el certificado de virginidad seguía vigente.

Hoy me causa gracia, pero detrás había algo bastante menos divertido. Crecimos creyendo cosas como que una mujer necesariamente debía sangrar durante su primera relación sexual para demostrar que era virgen, cuando el cuerpo humano jamás funcionó como un sello de garantía.

Y ni hablar del famoso “salirse antes”.

A adolescentes llenos de hormonas, que podían encerrarse media hora en el baño descubriendo su propio cuerpo, alguien decidió confiarles la prevención de un embarazo utilizando como principal herramienta el autocontrol exactamente en el momento en que menos autocontrol tenían.

Un plan sin fisuras.

Lo curioso es que crecimos rodeados de conversaciones sobre sexo y, al mismo tiempo, sabiendo poquísimo sobre él. Nos explicaron cómo ocurría un embarazo, pero casi nadie nos enseñó a hablar de consentimiento, placer, protección, límites, nervios o simplemente a preguntar qué le gusta a la persona que tenemos enfrente.

Eso lo fuimos aprendiendo después.

A veces maravillosamente.

Otras haciendo el ridículo.

Y muchas a punta de errores que una conversación honesta habría podido evitarnos.

Hoy, por fortuna, sigo viendo perfectamente, mis manos continúan sin pelos y eventualmente entendí que el sexo era muchísimo menos parecido a todo lo que me habían contado.

Aunque quizá una cosa sí resultó cierta:

todos empezamos creyendo que sabemos perfectamente lo que estamos haciendo.

Hasta que nos toca hacerlo.

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