Estar solo y estar disponible no son la misma cosa
Durante mucho tiempo pensé que la gente empezaba una relación el día que conocía a alguien. Hoy creo que las relaciones empiezan mucho antes. Empiezan el día en que uno vuelve a estar disponible.
Y no estoy hablando del estado civil.
Estoy hablando de otra cosa.
Hay personas que llevan años solteras y siguen profundamente ocupadas con alguien que ya no está. También existen quienes tienen toda la intención de enamorarse, salen a citas, descargan aplicaciones, responden mensajes y, aun así, no dejan entrar a nadie porque todavía están ocupados resolviendo conversaciones viejas, decepciones antiguas o expectativas que nunca se cumplieron.
Uno cree que está buscando pareja cuando, en realidad, sigue administrando el pasado.
Con los años descubrí que yo también pasé por temporadas así. Desde afuera parecía que tenía todo el tiempo del mundo para conocer a alguien. Desde adentro era exactamente al revés. No tenía espacio. Estaba demasiado ocupado intentando entenderme, resolviendo otras prioridades y aprendiendo a disfrutar una vida que no dependiera de que apareciera otra persona para sentirse completa.
Lo curioso es que, durante esa época, mucha gente insistía en hacer la misma pregunta.
—¿Y usted por qué sigue solo?
Como si la soltería fuera un error administrativo que hubiera que corregir antes de terminar el año.
Al principio intentaba explicarles que no tenía afán. Después entendí que tampoco tenía por qué justificarme. Hay temporadas en las que la mejor decisión no es buscar compañía. Es construir una vida a la que valga la pena invitar a alguien cuando llegue el momento.
Creo que nos hicieron creer que estar disponible es simplemente decir que sí. Que basta con abrir una aplicación, aceptar una invitación o responder un mensaje. Pero la disponibilidad emocional funciona distinto. Tiene más que ver con la calma que con las ganas. Con dejar de comparar. Con dejar de buscar reemplazos. Con dejar de pedirle a alguien nuevo que pague las cuentas pendientes de personas que ya se fueron.
Y esa parte no tiene calendario.
No llega porque cambie el año.
No aparece porque todos los amigos ya tengan pareja.
Mucho menos porque uno sienta que «ya le toca».
Llega cuando deja de sentirse como una tarea.
Hoy me gusta pensar que las relaciones no aparecen para llenar un vacío. Aparecen cuando ya no necesitamos que lo hagan.
Quizá por eso, la pregunta nunca debió ser «¿cuándo voy a conocer a alguien?»
La pregunta era otra.
¿Hace cuánto no estoy realmente disponible para conocerlo?


