La cocina dejó de ser el lugar donde preparaba comida. Se convirtió en el lugar donde ordeno mi cabeza.
Hay días en los que llego a la casa con la cabeza completamente llena. Mensajes sin responder, reuniones, ideas para el blog, programas de radio, pendientes, correos… y, aun así, antes de sentarme en el sofá hago exactamente lo mismo: me amarro el delantal, saco una tabla de madera y empiezo a picar algo.
Todavía me sorprende descubrir que uno de los momentos más tranquilos de mi día ocurre precisamente ahí, en la cocina.
Si alguien me hubiera dicho hace unos años que terminaría disfrutando cocinar, probablemente me habría reído. No porque me pareciera una mala idea, sino porque estaba convencido de que yo pertenecía a ese grupo de personas que nacieron con un talento muy específico: quemar cualquier cosa que tocara una estufa.
La realidad era bastante triste. Mi repertorio culinario cabía perfectamente en una hoja de papel: pasta, huevos, un sándwich decente y una carne que casi siempre terminaba más seca de lo que yo estaba dispuesto a admitir. Cocinaba por obligación, no por gusto. Comer era simplemente otro pendiente más del día.
Con el tiempo descubrí que el problema nunca fue la cocina. El problema era la impaciencia.
Quería que todo saliera bien a la primera. Si una receta no quedaba perfecta, asumía que cocinar no era lo mío. Me pasaba exactamente lo mismo con muchas otras cosas de la vida. Confundía no saber con no poder.
Qué error.
Porque cocinar tiene algo profundamente parecido a vivir. Ninguna receta sale igual dos veces. Hay días en los que el arroz queda perfecto y otros en los que uno jura haber hecho exactamente lo mismo y termina preguntándose qué demonios pasó. Hay preparaciones que necesitan tiempo y otras que se arruinan precisamente por querer ayudarlas demasiado. Uno aprende que no todo se resuelve subiendo el fuego.
Creo que por eso terminé encontrándole tanto gusto.
Mientras corto cebolla no puedo responder mensajes.
Mientras estoy pendiente de una salsa no puedo revisar redes sociales.
Mientras un pollo termina de dorarse, el resto del mundo, por unos minutos, deja de hacer ruido.
Nunca pensé que cocinar fuera una forma de descansar.
Hoy lo es.
Y lo más curioso es que la cocina empezó a cambiar otras cosas sin que yo me diera cuenta. Dejé de pedir domicilio por costumbre. Empecé a entender qué estaba comiendo. Descubrí ingredientes que jamás habría comprado y terminé haciendo algo que todavía me causa gracia: llevar almuerzo al trabajo y esperar el veredicto de mis compañeros. Ya es casi un ritual. Siempre aparece alguien con un tenedor diciendo que solo quiere probar un poquito. Ese «poquito», curiosamente, casi nunca es poquito.
No me considero chef. Ni pretendo convertirme en uno. Lo único que pasó fue que un espacio de la casa que antes utilizaba por necesidad terminó convirtiéndose en uno de los lugares donde mejor me siento.
A veces creemos que construir un hogar depende de comprar muebles, pintar paredes o encontrar la lámpara perfecta. Yo empiezo a sospechar que también tiene que ver con el olor que sale de la cocina un domingo cualquiera y con esa satisfacción silenciosa de servir un plato que uno mismo preparó.
Al final entendí que cocinar nunca fue solamente aprender recetas.
Fue aprender una forma mucho más amable de cuidar de mí.


