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La cocina dejó de ser el lugar donde preparaba comida. Se convirtió en el lugar donde ordeno mi cabeza.
Hay días en los que llego a la casa con la cabeza completamente llena. Mensajes sin responder, reuniones, ideas para el blog, programas de radio, pendientes, correos… y, aun así, antes de sentarme en el sofá hago exactamente lo mismo: me amarro el delantal, saco una tabla de madera y empiezo a picar algo. Todavía me sorprende descubrir que uno de los momentos más tranquilos de mi día ocurre precisamente ahí, en la cocina. Si alguien me hubiera dicho hace unos años que terminaría disfrutando cocinar, probablemente me habría reído. No porque me pareciera una mala idea, sino porque estaba convencido de que yo pertenecía a ese grupo de personas…


