PARA HABITARTE

La peor versión de mí siempre aparecía después de una ruptura

Hay una versión de mí que espero no volver a conocer nunca.

No era mala persona. Tampoco era violenta por naturaleza. Era, sencillamente, un hombre convencido de que sufrir mucho era la prueba irrefutable de que había amado mucho. Y como estaba tan convencido de eso, convertía cada ruptura en una producción de Hollywood con presupuesto ilimitado.

Yo no tenía tusas.

Yo organizaba temporadas completas.

Hoy me da risa contarlo, pero en ese momento hablaba completamente en serio. Si una relación se terminaba, yo asumía que mi obligación era destruirme emocionalmente hasta que el universo entendiera el mensaje. Lloraba, dejaba de comer, dormía poco, escuchaba la misma canción cincuenta veces seguidas y estaba convencido de que nadie en la historia de la humanidad había sufrido tanto como yo. Uno entusado pierde el sentido de las proporciones. Cree que el planeta debería detenerse porque una persona decidió seguir su vida sin uno.

Llegué a hacer cosas que hoy me producen una mezcla muy extraña entre ternura y vergüenza. Esperé horas frente a la casa de alguien con la esperanza de que apareciera y cambiara de opinión. Publiqué indirectas que, en mi cabeza, parecían dignas de un Premio Nobel de Literatura y que seguramente el resto del mundo leía con una mezcla de pena ajena y entretenimiento. Dejé la foto del perfil completamente negra como si WhatsApp tuviera un protocolo especial para personas con el corazón roto. Quemé recuerdos en ceremonias improvisadas que parecían sacadas de una película dramática y, por supuesto, después me arrepentía porque había destruido cosas que perfectamente habría podido guardar… o vender.

También tuve la brillante idea de creer que el alcohol solucionaba algo. No lo solucionó nunca. Al contrario. Una de esas tusas terminó en una hepatitis tóxica. Otra acabó conmigo despertando en un lugar del que todavía hoy prefiero no preguntar demasiados detalles. Durante mucho tiempo confundí anestesiar el dolor con aprender a atravesarlo. Son dos cosas completamente distintas.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que el verdadero problema no era la ruptura. Era mi incapacidad para aceptar que alguien podía dejar de elegirme sin que eso significara que yo había dejado de valer. Como no sabía gestionar esa sensación, hacía lo único que conocía: dramatizarla. Mientras más grande fuera el sufrimiento, más sentido parecía tener la historia.

Qué desgaste.

Con los años descubrí algo que nadie me había explicado cuando tenía veinte y tantos. El dolor no desaparece porque uno haga más escándalo. No sana más rápido porque deje de comer, publique indirectas o convierta a los amigos en un comité permanente para analizar cada mensaje recibido. La tristeza necesita tiempo. Nada más. Ni una banda sonora, ni un público, ni una puesta en escena.

No quiero hacerme el iluminado. Si mañana la vida me vuelve a romper el corazón, seguramente voy a sufrir. Sería rarísimo no hacerlo. Lo que sí espero es no volver a convertir ese dolor en un espectáculo. Hoy prefiero hablarlo en terapia, salir a caminar, escribir o simplemente aceptar que hay personas que llegan para quedarse y otras que llegan para enseñarle a uno algo antes de irse.

A veces me preguntan si uno deja de tener tusas cuando madura.

Creo que no.

Lo que madura es la forma de vivirlas.

Y, sinceramente, esa ha sido una de las mejores noticias que me ha dado la adultez.

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Marce

Dios es perfecto y siempre me envía las cosas que necesito. Como en este caso tu mensaje. Gracias por compartir, me siento identificada y esperanzada. Abrazo