PARA HABITARTE,  Qué vale la pena hacer

Cúcuta me enseñó que no todas las ciudades necesitan trasnochar

Cada vez que vuelvo a Cúcuta descubro una ciudad distinta. No porque cambie demasiado. La verdad es que el que cambia soy yo. Cuando tenía veinte años me desesperaba que después de cierta hora todo empezara a cerrar. Me parecía absurdo que una ciudad con tanto calor se fuera a dormir tan temprano. Siempre encontraba un taxista dispuesto a echarle la culpa al alcalde de turno, a las restricciones, a la economía o a cualquier otra teoría que explicara por qué conseguir un lugar abierto después de la medianoche era casi una misión imposible. Yo le compraba el discurso completico porque, en esa época, todavía creía que una buena ciudad era la que le permitía a uno llegar a la casa cuando ya estaba saliendo el sol.

Con los años empecé a sospechar que el problema nunca fue Cúcuta. El problema era que yo medía las ciudades con una regla que hoy ya no me interesa. Pensaba que entre más larga fuera la rumba, mejor era el lugar. Que un bar lleno era señal de progreso. Que una ciudad silenciosa era una ciudad aburrida. Hoy camino por las mismas calles y me pasa exactamente lo contrario. Me gusta que las panaderías estén llenas temprano, que la gente haga mercado en la mañana, que todavía existan conversaciones que no necesiten una botella encima de la mesa para ponerse interesantes.

Tal vez por eso me dio tanta risa escuchar a un taxista decirme que en Cúcuta hasta las trabajadoras sexuales tenían horario de oficina. Me reí, claro, porque el comentario era buenísimo. Pero después me quedé pensando que esa frase resumía muy bien la ciudad. Cúcuta nunca ha querido competir con Medellín ni con Bogotá en la vida nocturna. Tiene otro ritmo. Uno que durante muchos años confundí con falta de planes y que hoy entiendo de otra manera.

No quiero sonar como ese adulto que empieza a decir que todo tiempo pasado fue mejor o que salir está mal. Yo también tuve una época en la que creía que las mejores historias siempre empezaban de noche. Lo curioso es que, cuando uno hace memoria, las historias realmente importantes casi nunca ocurrieron en una discoteca. Las conversaciones que todavía recuerdo fueron en una sala, en un café, en un carro durante un viaje o caminando sin afán. Las decisiones que cambiaron mi vida tampoco las tomé a las dos de la mañana. Las tomé un martes cualquiera, completamente despierto y con un tinto al lado.

Creo que por eso hoy disfruto mucho más volver a Cúcuta. Ya no siento que me falte algo cuando veo que la ciudad baja el ritmo temprano. Al contrario. Hay algo muy bonito en una ciudad que no vive desesperada por entretenerte todo el tiempo. Como si, de alguna manera, también te diera permiso para descansar.

Hace unos años habría escrito un artículo burlándome de lo temprano que cerraba todo. Hoy prefiero pensar que las ciudades, igual que las personas, tienen personalidad. Hay unas que invitan a trasnochar. Otras invitan a madrugar. Y ninguna de las dos está equivocada.

Supongo que el cambio más grande no ocurrió en Cúcuta.

Ocurrió en mí.

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