¿Será que tengo cara de daña relaciones?
Una vez, alguien me dijo:
—Tú no das celos. Tú los provocas.
Y no lo dijo como halago. Lo dijo con esa mezcla de miedo y juicio que uno guarda para los eclipses, las brujas… o los ex que todavía se ven bien.
La frase me cayó como un balde de agua fría, pero no por el juicio, sino por el recuerdo. Porque hubo una época en la que yo era el celoso.
No el que provocaba celos… el que los transpiraba, los vomitaba, los cocinaba a fuego lento con cada mirada de esa persona con la que yo me veía íntimamente relacionado.
Y todo, todo comenzó por una historia en línea.
Una de esas que no tiene foto, ni audio, ni contexto. Solo una notificación sospechosa que me activó los demonios.
—¿Quién es «Rafa»? —pregunté con el tono amable de quien ya revisó las fotos, el perfil, los comentarios y la fecha de cumpleaños.
—Un compañero del trabajo —respondieron.
—Ah… ¿y siempre reaccionan así a tus fotos en traje de baño?
Silencio. Pum. Se armó la tercera guerra mundial por un corazón rojo. En ese momento yo era experto en convertir un emoji en un motivo de ruptura.
Claro, uno justifica su locura con términos modernos: intuición, trauma, apego ansioso. Pero al final del día, eso no era amor.
Era hambre.
Hambre de control, de certezas, de sentirme imprescindible.
Y nadie quiere amar a alguien que parece un guardia de seguridad con Wi-Fi emocional.
Eventualmente esa relación se fue al carajo, como todas las relaciones que se vigilan demasiado. Y ahí, en medio del despecho, me hice la pregunta más básica y más difícil:
¿Qué hago yo con tanto miedo de que me traicionen?
Porque no era el otro. Era yo.
Yo, creyendo que revisar un celular es sinónimo de interés.
Yo, sufriendo cada visto sin respuesta como si me hubieran apuñalado el corazón y el ego al tiempo.
Yo, transformando cada silencio en señal de abandono.
Tuve que pasar por el despecho más cursi, y no un par de tragos MUCHOS, con gente que me quería bien, para entender algo:
La fidelidad no se fuerza. Se elige.
Y si alguien quiere traicionarte, lo va a hacer, así le pongas un chip, contrates a la CIA o reces el rosario en latín.
Hoy, ironías de la vida, parece que el karma se puso creativo.
Ya no soy el celoso. Ahora soy “el motivo”.
El tercero en discordia. El que provoca inseguridad. El que, según algunos, tiene “cara de daña hogares”.
Y mientras me río por dentro, pienso:
¿Será que uno termina convirtiéndose en lo que más temía?
No lo sé.
Pero si aprendí algo de todo esto es que el amor se disfruta más cuando uno no está pendiente de perderlo todo el tiempo.
Y que si una persona quiere estar contigo, no necesita vigilancia…
solo necesita sentirse libre de elegirte todos los días.
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