Cuando se va alguien que no sabe irse del todo
Hace una semana se fue Milo.
Trece años caminando a mi lado, y de repente, nada.
El silencio. El hueco en el sofá. La rutina rota.
Y ese tipo de tristeza que no llora con escándalo… sino en silencio, mientras lavas los platos o tratas de dormir.
Dicen que uno nunca está listo para las despedidas.
Yo pensaba que sí.
Que después de tantas veces viéndolo quedarse dormido en mis pies, podía prepararme.
Pero no. No hay ensayo general para este tipo de adiós.
Cuando alguien se va porque la vida simplemente ya no le permite quedarse, el dolor es distinto.
No se siente como una ruptura, ni como una pelea.
Se siente como si el universo apagara una lámpara que ya era parte del paisaje, y de repente, todo el cuarto se vuelve desconocido.
Con Milo aprendí que el amor verdadero no necesita palabras.
Él estaba ahí, en mis peores días y en los más absurdos.
Sin juicios. Sin reclamos. Solo con esa mirada que decía: “no importa lo que pase, yo me quedo”.
Y ahora que no está, he descubierto lo mal que nos enseñan a vivir el duelo.
Nos repiten frases como «el tiempo lo cura todo» o «ya pasará»,
como si el amor fuera algo que se puede reemplazar, como si el dolor tuviera una fecha de vencimiento.
La verdad es otra:
no se trata de superar la pérdida, sino de aprender a vivir con ella.
Hay días en los que me siento ridículo por llorar,
como si fuera infantil extrañar tanto a alguien que no hablaba,
pero lo que tenía con Milo era más profundo que muchas relaciones que sí tuvieron palabras.
Era lealtad, compañía, rutina, familia.
Y sí, hay días en los que logro sonreír.
Pero también hay otros en los que la tristeza me agarra desprevenido,
como una ola que no viste venir mientras intentabas mantenerte a flote.
Lo único que me sostiene es la certeza de que amé bien.
De que él fue feliz.
Y que, aunque duela, recordarlo también es una forma de mantenerlo vivo.
Así que si estás leyendo esto,
y has perdido a alguien —sea de cuatro patas o de dos—,
te digo lo mismo que me repito a mí mismo cada noche:
Está bien llorar. Está bien no entender. Está bien sentir que te rompiste.
Lo que no está bien es fingir que no duele.
Porque cuando algo o alguien nos transforma, su ausencia también lo hace.
Y eso, aunque no lo parezca ahora, también es amor.



Mateo yo tengo una perrita hace 17 años es mi compañera de vida y hace 4 años tengo un gato y una gata que se volvieron mi mundo y sé que nunca voy a estar preparada a qué me falten y cuando me dicen no los humanice yo solo puedo decir ellos me hicieron más humana y me llenaron de propósitos.
Te abrazo y te acompaño en este momento.