Hay decisiones que uno toma sabiendo que van a salir mal
Hay un momento muy extraño antes de cometer un error. Dura apenas unos segundos, pero todos lo hemos vivido. Es ese instante en el que uno ya sabe exactamente cómo va a terminar la historia y, aun así, sigue adelante. No porque le falte información. Todo lo contrario. Ya hizo las cuentas. Ya imaginó la conversación. Ya ensayó el arrepentimiento. Incluso alcanzó a visualizar el totazo. Pero ahí va. Como si la terquedad tuviera más fuerza que el sentido común.
Con los años descubrí que casi nunca nos equivocamos por sorpresa. Nos equivocamos con premeditación. Uno sabe cuándo ese negocio huele raro, cuándo esa amistad ya no da para más, cuándo ese mensaje es mejor no enviarlo y cuándo esa decisión probablemente termine costando más de la cuenta. Lo curioso es que, aun teniendo todas las señales enfrente, existe una parte de nosotros convencida de que esta vez la física va a hacer una excepción.
Nunca la hace.
Lo más absurdo es que mientras uno va cayendo todavía conserva un poquito de esperanza. Piensa que de pronto el golpe no va a ser tan duro. Que alguien va a aparecer para sostenerlo. Que la realidad va a negociar. La realidad nunca negocia. Tiene un pésimo servicio al cliente.
Con el tiempo entendí que el verdadero problema no es caerse. Es la cantidad de energía que gastamos intentando convencernos de que no nos vamos a caer cuando hace rato dimos el primer paso hacia el borde.
Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en esa obstinación.
Porque muchas de las mejores cosas que me han pasado también empezaron con una decisión que daba miedo. Cambiar de ciudad. Renunciar a un trabajo. Abrir un proyecto. Decir lo que pensaba. Apostarle a algo que no venía con garantías.
El problema es que el miedo y la intuición hablan con una voz muy parecida.
Por eso a veces es tan difícil distinguir si estamos frente a una mala idea… o frente a una oportunidad que simplemente nos asusta.
Quizá la diferencia solo aparece después del golpe.
Y si de verdad resulta ser un golpe, hay una noticia que siempre termina tranquilizándome.
Los huesos sueldan.
El ego también.
Lo único que no se recupera tan fácil es el tiempo que uno pierde viviendo con la duda de qué habría pasado si nunca se hubiera atrevido a saltar.


