PARA HABITARTE

No toda verdad que conozco me corresponde contarla

Hay verdades que uno cuenta convencido de que está haciendo lo correcto y solo muchos años después se pregunta si, en realidad, estaba haciendo lo correcto para uno mismo. Esa diferencia parece mínima hasta que uno descubre que puede costarle una amistad, una relación o, como me pasó a mí, ambas cosas al mismo tiempo.

Yo aprendí eso de una manera bastante cinematográfica. Un amigo se acercó a mí buscando consuelo porque acababan de terminarle una relación de casi dos años y estaba vuelto nada. Según me contó, no había existido una explicación suficientemente clara para la ruptura y eso lo tenía todavía peor, porque cuando a uno lo dejan sin entender muy bien por qué, el cerebro empieza a llenar los espacios vacíos con una creatividad que ya quisiera cualquier guionista. Estaba convencido de que había perdido al amor de su vida, una persona maravillosa, leal, prácticamente canonizable y con todas esas cualidades extraordinarias que solemos descubrir en alguien exactamente después de que nos termina.

Yo lo escuché con toda la solidaridad de la que era capaz. Tampoco era difícil entenderlo. Perder a alguien que uno quiere es un golpe tenaz; que se lo pregunten a mis ex parejas. Esa modesta aclaración no aporta absolutamente nada a esta historia, pero después de tantos años sigo creyendo que encaja perfectamente.

La conversación siguió entre preguntas, teorías y ese intento inútil que hacemos los amigos de encontrar una frase que consiga disminuir un dolor que claramente no tiene botón para bajarle el volumen. Todo iba relativamente bien hasta que cometí el error que cambió por completo mi participación en aquella tragedia: le pedí que me mostrara una foto.

Y ahí se jodió todo.

Conocía perfectamente a la persona que aparecía en esa pantalla. De hecho, la conocía bastante mejor de lo que habría querido conocerla teniendo en cuenta las circunstancias. Apenas unas semanas antes había estado a full color, alta definición y prácticamente realidad aumentada en mi cama. Yo no sabía que tenía pareja, mucho menos que esa pareja era el pobre ser humano que en ese preciso instante estaba sentado frente a mí describiéndome su enorme lealtad.

Hay situaciones para las que ningún manual de buenas maneras prepara a una persona. Que alguien llore frente a usted porque perdió al amor de su vida mientras usted intenta procesar que tuvo sexo con el supuesto amor de su vida unas semanas antes definitivamente es una de ellas.

Recuerdo que mi cabeza empezó a trabajar a una velocidad impresionante. Podía quedarme callado y permitir que siguiera conservando una versión probablemente falsa de aquella relación o podía contarle lo que sabía y destruir en cuestión de segundos la imagen de esa persona maravillosa que acababa de describirme. En ese momento me pareció que solo existía una opción moralmente correcta: decir la verdad. Además, apareció esa frase tan peligrosa que alguna vez todos hemos usado para justificar una confesión: “si no lo cuento, me enveneno”.

Y lo conté.

El resultado fue exactamente tan desastroso como pueden imaginar. Mi amigo no recibió la información con la serenidad de un monje tibetano agradecido porque finalmente alguien le había mostrado la verdad. Estaba destruido, yo acababa de convertirme accidentalmente en parte de la historia que lo destruía y nuestra amistad no sobrevivió demasiado tiempo después de aquello.

Durante años pensé que había perdido un amigo por decir la verdad. Hoy ya no estoy tan seguro de que esa sea la descripción correcta.

Creo que lo perdí porque confundí dos necesidades completamente distintas: la suya de saber y la mía de dejar de sentirme incómodo con lo que sabía.

Esa diferencia me parece enorme.

Nos gusta repetir que la verdad siempre debe decirse, como si cualquier información viniera acompañada automáticamente del derecho —o incluso de la obligación— de entregársela a otra persona. Pero mientras más años pasan, más dudas tengo sobre esa teoría. Hay verdades necesarias, por supuesto. Hay cosas que alguien merece saber porque afectan directamente su vida, su salud, sus decisiones o su capacidad de elegir. Pero también existen verdades que contamos porque nosotros ya no sabemos qué hacer con ellas.

Y ahí es donde la cosa se complica.

Porque confesarse puede parecer un acto profundamente honesto cuando, en realidad, también puede ser una manera muy sofisticada de transferir culpa. Uno llega cargando algo que le pesa, lo pone sobre la mesa, dice “tenía que decírtelo” y se va un poquito más liviano mientras la otra persona se queda averiguando qué demonios hace ahora con eso.

No sé qué habría hecho diferente aquella vez. Esa es quizá la parte más incómoda de esta historia. Si pudiera volver al mismo momento, con la misma información y viendo a mi amigo llorar frente a mí, probablemente seguiría creyendo que merecía conocer la verdad. Pero ya no estaría tan convencido de que tenía que contársela inmediatamente, ni de que yo fuera necesariamente la persona indicada para hacerlo. Tal vez primero me preguntaría algo que entonces ni siquiera se me ocurrió: ¿quiero decir esto porque le va a servir a esa persona o porque necesito dejar de cargarlo yo?

Desde entonces desconfío un poco de esa necesidad urgente que a veces sentimos de “ser completamente honestos”. No de la honestidad, que sigue pareciéndome fundamental, sino de la urgencia. Porque cuando una verdad necesita salir de nosotros desesperadamente, vale la pena preguntarse quién va a sentirse mejor después de escucharla.

A veces decir la verdad es un acto de valentía.

Y otras veces, si uno se mira con suficiente honestidad, simplemente necesitaba dejar de ser quien la cargaba.

Todavía no sé dónde termina una cosa y empieza la otra.

Supongo que por eso sigo pensando en aquella foto.

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