PARA SENTIR

¿Y si el cepillo de dientes era una señal de abandono, no de amor?

En 2011, yo era un romántico empedernido. De esos que ven señales en todo: una canción que suena justo cuando piensas en alguien, un mensaje que llega a las 11:11, y sí… un cepillo de dientes nuevo en tu baño.

Ese fue el gesto. El gran símbolo. El “te elijo” no dicho.
Esa persona dejó su cepillo junto al mío y yo, en mi inocencia sentimental, lo tomé como prueba de amor. ¿Qué más se necesitaba? ¡Si eso no es compromiso, que alguien me explique!

Pero como en toda historia con potencial para volverse chiste de grupo de WhatsApp, esa persona se fue.
Que porque tenía que reencontrarse. Que porque la vida. Que porque estaba confundide. (Spoiler: estaba con alguien más).

Y aún así, me dejó una promesa de telenovela venezolana:
“Voy a volver.”

¿Y qué hice yo?
Lo que cualquier idiota educado por comedias románticas: esperé.

Esperé mensajes.
Esperé señales.
Esperé como si fuera un capítulo que Netflix iba a actualizar.
Todo mientras el cepillo de dientes se llenaba de polvo, moho y dignidad marchita.

Hasta que un día me miré al espejo —el mismo frente al cual estaba ese cepillo olvidado— y me hice una pregunta que ojalá alguien me hubiera hecho antes:

¿Estoy esperando a esa persona, o a la versión que yo inventé de ella?

Porque el amor, ese que de verdad vale la pena, no se mide en promesas sin fecha ni en objetos simbólicos abandonados. Se mide en presencia, en intención y en ganas reales de estar.

Mi yo del 2011 creía que el amor era tener paciencia.
Mi yo de hoy sabe que el amor no te pone en pausa.

Así que si vos también tenes un cepillo en tu baño que no te pertenece, tíralo.
Porque el que quiere quedarse, no deja pistas: se queda.