Regálame algo útil, que el amor se acaba
Soy un tipo de principios sencillos: no miento, no me meto con ex de amigos, y no me como las papas de otra persona en un restaurante (bueno… casi nunca).
Pero cuando se trata de finales…
Ahí soy más dramático que final de novela turca.
Y eso sí: solo si soy yo quien da por terminada la historia.
Porque si me dejan…
ruego, imploro, firmo peticiones en change.org y hasta hago ayuno intermitente para ver si el universo se apiada de mi corazón arrugado.
Quienes han tenido el “honor” de pisotear mi dignidad saben que la dejé en el mismo lugar donde Rose dejó a Jack: flotando.
Pero ese no es el punto.
Lo que quería compartir hoy es que, después de hacer un breve recorrido por mi apartamento, me di cuenta de algo curioso:
muchas de las cosas que tengo no son cortesía de mi trabajo, ni de mi billetera, ni de mi buen gusto.
Son… reliquias.
Recuerdos útiles de relaciones que ya no existen.
Trofeos domésticos de amores vencidos.
Objetos con doble vida: sirven, pero también cuentan una historia.
Sí, tengo el portátil que me regaló alguien que ya ni me saluda.
Una licuadora que fue “una sorpresa por nuestro primer mes”.
Y hasta una camiseta talla M que me queda apretada pero me ayuda a recordar que una vez fui flaco y amado (aunque no al mismo tiempo).
No me malinterpreten: yo no soy de los que guarda peluches con olor a perfume barato ni cartas escritas con marcadores fluorescentes.
A mí no me regalen cosas que hagan llorar a las dos semanas.
Los detalles que no sirven terminan directo en la basura… o en una fogata simbólica si estoy teniendo un día especialmente telenovelesco.
Pero los que sí sirven, se quedan.
Y sin culpa.
Porque, ¿Qué sentido tiene devolver algo que fue dado “con amor”?
¿Acaso uno devuelve el trauma?
¿El tiempo perdido?
¿Las horas invertidas viendo series que no quería ver solo para tener un tema en común?
No, mi amor.
Lo que se regala, se pierde. Así me lo enseñó mi madre y así lo practico yo con la rigurosidad de un abogado de familia.
Por eso ahora soy cuidadoso con lo que doy:
Si regalo algo, lo entrego con desprendimiento budista, porque sé que ese objeto podría terminar en manos de la próxima persona que ocupe el mismo espacio donde antes había “nosotros”.
Al final, nuestras casas son museos de nuestras relaciones pasadas.
Cada electrodoméstico, cada suéter de lana, cada copa de vino que nunca usamos… tiene algo de historia.
Y mientras no ocupen espacio emocional, bienvenidos sean.
Yo no guardo rencor.
Pero sí guardo el airefryer que me regalaron por navidad.
Y honestamente, me ha servido más que la relación.


