Sí, soy una bestia, pero es lo que hay
Ah, la vida… esa tragicomedia diaria donde uno no nace sabiendo, pero tampoco aprende a tiempo. Porque si algo nos une como especie, no es el lenguaje, ni la empatía… es ese momento en el que te ves haciendo una estupidez monumental y solo te sale decir:
“¡Mucha bestia!”
Y no, no es un insulto —es un género humano. Un estado mental. Un espíritu que habita en todos nosotros.
Nivel 1: La bestia doméstica.
Ese ser que busca el celular mientras lo tiene en la mano. O las gafas, cuando ya las lleva puestas. El mismo que abre la nevera y se pregunta por qué está el control remoto enfriándose al lado de la mantequilla.
La bestia doméstica no destruye hogares, pero sí la paciencia propia. Vive en nosotros, silenciosa… hasta que un día te bañas con jabón de perro porque los frascos eran parecidos.
Nivel 2: La bestia práctica.
Esa que te hace creer que puedes hacer algo «sencillo», como colgar un televisor sin ayuda.
Tres taladros después, un muro partido, un televisor en el piso y un silencio incómodo que ni en velorio. Porque en ese instante no estás solo: te acompaña tu ego herido, el hueco en la pared y el fantasma de la garantía que ya expiró.
Nivel 3: La bestia emocional.
Aquí no se rompen cosas. Se rompen personas. Te metes con la persona equivocada, tomas la decisión empresarial más absurda del año o aceptas una propuesta que ya sabías que olía a estafa desde el primer “te tengo un negocio buenísimo”.
Y cuando abrís los ojos… estás bloqueado en WhatsApp, en números rojos, y con la autoestima por el piso.
Pero te tengo noticias: esa bestia también es parte de crecer.
Porque, ¿quién no ha hecho el ridículo alguna vez? ¿Quién no ha dicho “esta vez sí” solo para terminar llorando en la ducha como si fuera final de temporada?
Lo importante no es dejar de ser una bestia. Es reconocerlo con dignidad, aprender, y contar la historia como si fuera un stand-up. Porque al final, entre errores, caídas y metidas de pata, nos vamos volviendo expertos en sobrevivirnos.
Así que la próxima vez que la embarres con elegancia, sonríe, respira… y di:
“Sí, soy una bestia. Pero es lo que hay.”
Y créeme, eso también tiene su encanto.


