Las Barbies que realmente necesitábamos para prepararnos para la vida adulta
El otro día vi una Barbie en una vitrina y me quedé pensando en algo que probablemente demuestra que tengo demasiado tiempo libre: Mattel nos preparó muy mal para la vida adulta.
No me malinterpreten. Me parece maravilloso que Barbie haya sido astronauta, médica, presidenta, veterinaria, piloto y prácticamente cualquier cosa que una persona pueda escribir en LinkedIn. El mensaje siempre fue precioso: puedes ser lo que quieras ser.
El problema es que después crecimos.
Y resulta que uno puede ser lo que quiera ser siempre y cuando pague el arriendo antes del cinco, responda 37 correos pendientes, consiga una cita médica para antes de su próxima reencarnación y recuerde cancelar esa suscripción gratuita que mañana empieza a cobrarle.
Entonces pensé que quizá llegó el momento de actualizar la colección.
Yo empezaría por Barbie Quincena. Viene preciosa, recién pagada y con una sonrisa espectacular. El día primero tiene planes, compra algo que “se merecía”, invita a comer y hasta considera empezar a ahorrar. Lo verdaderamente innovador es que mientras más juega uno con ella, más accesorios desaparecen, hasta que el 28 solamente quedan Barbie, una lata de atún y $17.400 preguntándose en qué demonios se gastó la plata.
También necesitamos Barbie Cita Médica. Esta viene con celular incluido para llamar a pedir una consulta. Uno marca, escucha veinte minutos de música, la llamada se cae y vuelve a empezar. Es un juguete de paciencia, básicamente. La edición de lujo incluye una cita con especialista para dentro de cuatro meses y un pequeño papel que dice: “la agenda todavía no está abierta”.
Después está Barbie Trabajo Remoto, que en las fotografías promocionales aparece frente a un computador, tomando café, con una planta divina al lado y viviendo esa fantasía de trabajar desde cualquier lugar. En la vida real viene en pantalón de pijama, lleva seis horas sin levantarse de la silla y durante una videollamada alguien le dice: “creo que tienes el micrófono apagado”.
Obviamente existiría Barbie Influencer, pero ya no la haría como antes. Esta sería mucho más realista. Trae un aro de luz, tres paquetes que todavía no ha abierto, 46 borradores, una factura que una marca no le paga desde mayo y un celular donde un desconocido acaba de escribirle que está gordísima debajo de una foto en la que ella pensaba que se veía espectacular.
La que probablemente se agotaría sería Barbie Adulto Funcional.
No hace nada extraordinario. Se levanta, trabaja, hace mercado, pone una lavadora, contesta dos mensajes que llevaba ignorando tres días, cocina algo que tenga al menos un vegetal y logra acostarse sin haber tenido una crisis existencial.
Se vende con certificado.
Porque conseguir todo eso el mismo día después de cierta edad debería otorgar puntos de experiencia.
Y finalmente lanzaría mi favorita: Barbie No Sé Qué Estoy Haciendo.
Esa vendría exactamente como nosotros. Con algunas cosas resueltas, otras improvisadas y una caja llena de accesorios que nadie sabe muy bien para qué sirven. Puede tener trabajo y no saber qué quiere hacer con su carrera. Puede enamorarse y seguir sin entender las relaciones. Puede tener casa y llamar a su mamá para preguntarle cuánto tiempo dura un pollo descongelado antes de convertirse en arma biológica.
Esa sí me la compraría.
Porque quizá la gran estafa de crecer no fue descubrir que no podíamos ser todo lo que quisiéramos. Fue creer que algún día llegaríamos a una edad en la que finalmente sabríamos perfectamente qué estábamos haciendo.
Yo todavía estoy esperando.
Mientras tanto, Mattel, si necesitan un creativo para la colección Barbie Vida Adulta, aquí estoy.
Solo no me llamen antes de quincena.


