Para calmarte,  PARA HABITARTE,  PARA SENTIR

¿Y si no soy el sexy… pero sí el interesante?

Siempre supe que no iba a ser el más deseado del bar.

No soy el tipo que entra a una habitación y hace que todos se volteen. No tengo esa energía de dios griego con bíceps marcados, ni la mandíbula afilada de los comerciales de perfume. A veces me miro al espejo y pienso: “no estoy mal… pero tampoco estoy uff”. Y es una verdad incómoda que he aprendido a aceptar.

Supongo que todos tenemos nuestro origen tipo “patito feo”. En mi caso, fue bastante fuerte y hay pruebas publicas. Pero en el fondo, nada trágico, pero suficiente para sembrar dudas que se quedaron ahí, como cuando dejas el arroz al fuego y se te pega al fondo: no arruina todo, pero te deja rastro.

La primera vez que me sentí realmente no sexy fue sobre los 20´s.
Salí con alguien a quien le tenía fe. Habíamos hablado, conectado, reído… hasta pensé: “esto tiene futuro”. Error de novato.

En menos de lo que uno pide una cerveza artesanal maluca, esa persona ya estaba conversando con alguien más.
Alguien… más sexy.
Camisa ajustada, piel brillante, sonrisa de catálogo.
Y yo ahí, con mi flow de hombre promedio: camisa negra, jeans y actitud de “me baño todos los días, qué más quieren”.

En ese momento me cayó la pregunta:

¿Qué significa ser sexy hoy?
Porque no es solo tener músculos ni oler a Dior Sauvage. Es una actitud, sí, pero también un show. Un performance y jamás, jamás parecer “normal”.

La belleza hoy se mide en filtros, en el número de abdominales visibles, en cuánto brilla la cara después del ácido hialurónico. Y si no tienes eso, pues… que por lo menos tengas un buen chiste.

Yo tengo varios.
Y aún así, siempre es suficiente.

Esa noche, volví a mi casa en Uber, sin beso, sin “avísame cuando llegues”, sin match.
Solo con esta frase en la cabeza:

«No soy sexy, pero tengo sentido del humor.»

Y ojo, no es que me esté quejando. A mí me ha ido bien. He gustado, me han probado, me han repetido.
Pero también he sido el interesante, el experimento, el “me caes increíble, pero no estoy buscando nada”.
Y ese papel, aunque uno se lo aprenda, a veces cansa.

¿Será que muchos hombres nos sentimos así y no lo decimos?
Porque parece que solo ellas sufrieran la presión de los cuerpos. Pero nosotros también.
También hay inseguridad masculina. También hay comparaciones, frustraciones, estándares imposibles.
Solo que lo callamos, lo disimulamos, o lo convertimos en chistes.

Como este.

Así que no, no soy el más guapo. Ni el más deseado.
Pero soy divertido, leal, cocino rico y escucho con atención.
No soy el prototipo, pero soy una gran excepción.
Y si eso no es sexy… entonces el concepto está dañado.