Para calmarte,  PARA HABITARTE,  PARA SENTIR

Fallarme a mí mismo también estaba en la lista de propósitos

Siempre pensé que en la vida uno se caía por cosas grandes: una ruptura, una tragedia, una noticia que te dejaba viendo la pared. Pero no. La vida adulta me enseñó que lo que de verdad te descompone son los domingos en los que ibas a empezar tu “nueva era”, pero decides no tender la cama, pedir comida por Rappi y revisar si Mercurio está retrógrado como para echarle la culpa a algo.

Fue esta semana, una mañana de septiembre, cuando el celular marcó 9 del 9 del 9 (sí, 9 de septiembre, a las 9:09) y me pregunté en voz baja:

¿Qué carajos pasó con mis propósitos de año nuevo?

Porque se supone que este año sí iba a ser distinto:
Iba a escribir más.
Iba a entrenar cinco veces por semana.
Iba a grabar, editar, subir, contestar comentarios, ser viral, ser zen, tener la nevera organizada, cuidar mi rutina de skincare y llegar al 31 de diciembre con un portafolio creativo digno de un Emmy.

Corte a:
Yo, con una camiseta desteñida, calentando café en microondas, viendo cómo se me acumulan las ideas en guardados de Instagram, mucho contenido por grabar… pero sin saber por dónde empezar.

Y ahí apareció la culpa.
Esa que no suena fuerte como un regaño, sino bajito como un pensamiento pasivo-agresivo:

“¿Otra vez te fallaste?”

Y es verdad. Me fallé.
Como en 2013, cuando juré que iba a escribir tres veces por semana en un blog que, spoiler, hasta ahora esta reviviendo
Como en 2017, cuando me inventé que estaba demasiado ocupado para volver al gimnasio, cuando en realidad estaba viendo tutoriales de cómo editar en Premiere.

Pero este año, la falla vino con otra textura. No fue por falta de voluntad.
Fue por exceso de expectativas.
Fue por haberle puesto a enero la carga de ser el mes en el que todo se ordena, como si la vida fuera un Excel emocional.

Este septiembre me trajo una lección rara:
El tiempo no se gestiona, se habita.
Y si algo me ha dolido no es haber fallado en los propósitos…
Es haber dejado de escribir por miedo a sonar repetido, cansado, poco brillante.

Y entonces pensé:
¿Qué pasaría si el propósito de este año fuera simplemente perdonarme?
Perdonarme por no estar en todas partes.
Por no subir contenido cada semana.
Por no ir al gimnasio siete dias a la semana.
Por no cumplir todo lo que me prometí.
Por no poder con todo.

Porque tal vez —y solo tal vez— no es que me haya fallado.
Es que me estoy conociendo.
Y hay años para avanzar… y años para sobrevivirse.

Yo no sé si tu también tienes una lista de propósitos incumplidos.
No sé si llegaste a este septiembre sintiendo que el tiempo se te escapó como cuando se le va la cuerda de una cometa
Pero si es así, quiero que sepas que esta página no es una rendición.
Es un recordatorio:
Todavía estas a tiempo.

Aunque sea de escribir esto.