PARA SENTIR

¿Salir con alguien sin neuronas? Ya lo hice. Una vez

Hay domingos que no terminan nunca. Y hay otros que se disfrazan de Semana Santa.

Esto ocurrió hace ya varios años, cuando aún tenía la energía suficiente como para conocer gente de Facebook sin pedir referencias, certificado de vacunas o al menos un pantallazo de su ortografía en WhatsApp.

En Bogotá, salir a tomar café se convirtió en el pasatiempo favorito de todos los que no tienen plan pero tampoco quieren parecer tristes. Yo era uno de ellos. Era Semana Santa, no tenía dinero para salir de la ciudad ni ganas de quedarme viendo a Jesús sangrar por la tele —otra vez—, así que acepté la invitación de alguien que no parecía un pleigro. O por lo menos, silencioso.

Spoiler: era todo menos eso.

Lo que parecía un café casual terminó siendo una clase magistral sobre… nada. Literal. Mi cita hablaba sin parar, sin rumbo, sin lógica, como si le pagaran por palabra. A los cinco minutos me dolía la cabeza. A los diez, me preguntaba si crucificarme con los mezcladores de plástico sería una salida válida. Y a los veinte ya estaba rezando (con fe verdadera) para que se acabara ese martirio.

Fue el café más largo de mi vida.
Y eso que una vez trabajé en radio comunitaria.

Lo peor no fue el monólogo eterno, sino descubrir que había gente adulta —con cédula y todo— que no sabía en qué semestre iba, ni qué carrera estudiaba, ni qué quería de la vida. Solo sabían que el viernes había fiesta y que sus papás le habían pagado otro viaje. Para “despejarse”. De qué, no sé. Tal vez de sus propias neuronas.

Y como todo trauma bien vivido merece dejar enseñanza, anoté tres cosas que no quiero que se me olviden. Y que, con cariño, también te regalo:

1. Salir con alguien inmaduro es como rezar el rosario con auriculares puestos.

No hay conexión. Ni divina, ni emocional. Solo estás ahí, tratando de que el tiempo pase rápido y que Dios, o el mesero, te salve.

2. No se puede presumir lo que no se ha sudado.

Los viajes que no pagaste, la ropa que no entiendes, el carro que no sabes manejar… nada de eso impresiona. Es como mostrar trofeos que alguien más ganó: cero mérito, cero gracia.

3. El aburrimiento no se cura con compañía.

Se cura con autoconocimiento. Con terapia. O con una buena maratón de películas, incluso si ya sabes en qué minuto resucita Cristo.

Ese café me enseñó que a veces salir con alguien es más solitario que quedarte solo. Que hay vacíos que no se llenan con conversaciones forzadas ni con labios bonitos. Que tener química con alguien no es tan común como uno cree. Y que no pasa nada si prefieres pasar Semana Santa contigo mismo, en pijama, comiendo pan con queso y hablando con tu gata.

Hoy, cada vez que alguien me propone “salir por un café”, me da un pequeño tic nervioso en el ojo izquierdo. No por trauma, sino por respeto a mí mismo.