No fue magia, fue terquedad: cómo entré a un reality que ya me había dicho que no
Yo no creo en el horóscopo. Lo dejo claro de una vez. No porque me crea el más racional ni por falta de mística, sino porque ya tuve mi época de leerme el astral completo, ponerle intención al cuarzo y echarle la culpa a Mercurio cada vez que me iba mal. Pero con el tiempo entendí que había algo más poderoso que todo eso junto: uno mismo. Uno con sus dudas, su terquedad, sus ganas y sus días malos, pero uno al fin y al cabo. No hay carta astral que se compare con lo que pasa cuando decidís creértela.
Hace años me presenté por primera vez a Protagonistas de Nuestra Tele. Era 2010, yo creía que lo tenía todo para entrar. Pero no. No pasé ni el primer filtro. Me dijeron que no y punto. Y aunque uno no lo quiera admitir, ese tipo de rechazos pegan distinto. Porque no es que dijeran “no servís”, pero tampoco dijeron “sí tenés algo”. Fue como si simplemente no existiera. Como si mi nombre hubiera sido tachado con lápiz desde antes de entrar.
Después de eso me juré no volver. Porque claro, uno dice que es porque no vale la pena, que ya pasó la oportunidad, que no era el momento… pero lo cierto es que el ego herido también se disfraza de dignidad. Me alejé del tema, seguí con mi vida, con mis cosas, con mis ideas de futuro. Hasta que dos años después, sin saber muy bien por qué, me animé a hacer de nuevo la fila.
No fue fácil. Volver después de un “no” requiere tragarse muchas cosas. El orgullo, por ejemplo. La vergüenza de que te vean intentando otra vez lo que ya no funcionó. Y sobre todo, esa vocecita interna que dice “¿para qué, si ya te dijeron que no?”. Pero algo en mí —llámelo terquedad, instinto o simple necedad— me empujó a intentarlo de nuevo. Esta vez no porque me sintiera listo, sino porque sentía que había algo en mí que no merecía quedarse con la duda.
Y bueno, lo que pasó después fue historia conocida. Pasé. Entré. Y esa experiencia me marcó más allá del show, las luces o la pantalla. Me enseñó que a veces no se trata de que el universo esté alineado, ni de que las cartas digan que es tu momento. Se trata de decidir moverte, incluso con miedo. Se trata de no esperar señales mágicas ni validaciones externas para creer que sí puedes. Porque si uno no se cree el cuento, nadie más lo va a hacer por uno.
Y esto aplica para todo: para el trabajo que sueñas, para ese mensaje que no te atreves a mandar, para la idea que no te animas a lanzar. No es el horóscopo. No es el destino. Es esa parte tuya que se niega a rendirse aunque ya te hayan dicho que no. Es volver a hacer la fila sin saber si esta vez va a funcionar. Es pararte ahí con la frente en alto, aunque por dentro estés dudando de todo.
No me importa si sos Tauro, Virgo o Capricornio. A veces, lo único que te separa del “sí” es tu decisión de no darte por vencido.


