La decisión más difícil no es irse de la casa. Es aceptar que ya es hora.
Durante mucho tiempo pensé que algún día iba a existir el momento perfecto para irme de mi casa. Imaginaba que primero llegaría un buen sueldo, después un apartamento bonito, luego la tranquilidad económica y, cuando todas esas piezas estuvieran en su sitio, simplemente haría una maleta y me iría. La vida, que tiene una forma muy particular de reírse de los planes de uno, decidió que no iba a funcionar así.
Nací en Pamplona, crecí en Cúcuta y fue ahí donde entendí que quería trabajar en televisión. Pero también entendí que si me quedaba esperando a que las oportunidades llegaran hasta la puerta de mi casa probablemente iba a pasarme la vida mirando cómo les ocurrían a otras personas. Así apareció un trabajo en Bucaramanga. No era el trabajo de mis sueños, era de presentador de un programa juvenil pero no venia acompañado de una vida cómoda. Era, simplemente, una oportunidad. Y con eso me bastó para hacer una maleta.
La primera lección llegó apenas me bajé del bus. Uno cree que independizarse consiste en tener llaves propias, decorar un apartamento y aprender a cocinar. Mentiras. Yo ni siquiera tenía apartamento. Durante un tiempo dormí en el sofá de una casa porque era lo único que podía permitirme. Esa fue mi bienvenida a la vida adulta. No había fotos bonitas para Instagram, ni cajas de mudanza perfectamente organizadas, ni esa estética tan elegante que hoy venden los videos de «mi primer hogar». Había un sofá, una maleta y un miedo bastante grande de haber cometido la peor decisión de mi vida.
Tampoco tardé mucho en descubrir que un sueldo alcanza exactamente hasta donde alcanza. Hay una diferencia enorme entre recibir plata y sentir que uno tiene plata. Yo pertenecía claramente al primer grupo. Después de pagar lo básico quedaba muy poco para pensar en gustos. Hubo semanas enteras en las que almorzaba y comía lentejas con arroz. Al otro día, para variar el menú, era arroz con lentejas. Cuando podía comprar un cartón de huevos sentía que había ascendido de categoría. Hoy me da risa recordarlo, pero en ese momento no tenía nada de gracioso. Uno aprende muy rápido que el hambre también tiene sentido del humor.
Nunca sentí que estuviera viviendo una tragedia. Estaba empezando. Y creo que esa diferencia es importante. No romantizo esa época porque sé lo duro que es contar monedas antes de entrar a un supermercado. Tampoco creo ese discurso de que sufrir fortalece el carácter. Si alguien puede empezar con más comodidades, ojalá las tenga. Lo que sí creo es que muchos jóvenes están esperando un nivel de estabilidad que casi nadie tiene cuando toma la decisión de irse de la casa. Esperan sentirse preparados para empezar, cuando la verdad es que uno empieza precisamente para prepararse.
Con los años llegaron otras ciudades, otros trabajos y oportunidades que en ese momento ni siquiera sabía que existían. Mucha gente ve el resultado y supone que todo fue una escalera perfectamente organizada. Ojalá. La realidad fue bastante menos elegante. Hubo noches durmiendo en un sofá, meses haciendo cuentas para ver si alcanzaba la plata y momentos en los que me pregunté si no habría sido mejor devolverme. Nunca lo hice. No porque fuera más valiente que los demás, sino porque entendí algo que todavía sigo creyendo.
La vida no suele cambiar el día que uno consigue el trabajo perfecto. Cambia el día que uno deja de esperar a que todo sea perfecto para empezar.
Y, mirando hacia atrás, creo que si hubiera esperado a sentirme listo, todavía seguiría haciendo esa maleta.


