Para calmarte,  PARA HABITARTE

Manual de evasión emocional para adultos contemporáneo

Desde que se inventaron las excusas, nadie queda mal… salvo el que no sabe inventarlas bien. Esa frase me la dije una vez que fui con mis amigos a un karaoke, donde todos cantábamos mal, pero nadie lo admitía. Uno se excusó diciendo que tenía faringitis, otra que estaba «ronca de tanto reír», y yo dije que la verdad cantaba horrible. Y no había manera de que eso mejorara. En el fondo se que todos me creyeron pero lo negaban. Porque la verdad es que nos entendemos mejor a través de las excusas que con las verdades incómodas.

Vivimos en una era donde todo es urgente, pero nada es importante. Y cuando lo importante se asoma, le lanzamos una excusa como escudo. No contestamos un mensaje porque «se me pasó, perdón» (cuando en realidad lo leímos y simplemente no supimos qué decir). Cancelamos una cita diciendo que «nos sentimos un poco mal» (cuando lo que nos da pereza es abrir el corazón). Y dejamos de escribir, crear o movernos por la vida porque «el tiempo no da»… aunque sí da para ver tres capítulos seguidos de una serie noruega sobre pescadores emocionalmente reprimidos.

Las excusas son como ambientadores baratos: disfrazan el olor, pero no eliminan la fuente. Y muchas veces, detrás de esa frase hecha —»es que estoy full» o «he estado como bajito de ánimo»— lo que realmente hay es miedo. Miedo a fracasar, a no estar a la altura, a que no nos lean, a que nos dejen en visto, a que digamos lo que sentimos y no pase nada. Así que creamos discursos funcionales, razonables, socialmente aceptables. Y les creemos. Hasta que un día, la vida nos confronta y ya no hay libreto.

Yo, por ejemplo, pasé semanas diciendo que no escribía porque estaba saturado. Que no posteaba porque estaba trabajando en un «proyecto secreto» (spoiler: si lo hay pero esta también congelado). Que no llamaba porque no tenía cabeza. Pero si soy honesto, lo que no tenía era el valor de sentarme conmigo mismo y enfrentar lo que estaba evitando: que a veces, la vida no se siente tan inspiradora. Que la creatividad también se enferma. Que las emociones se fugan por los huequitos de la rutina.

Las excusas, en su forma más elegante, son autoengaños con maquillaje de productividad. Pero si nos atrevemos a mirar más allá del disfraz, descubrimos algo valioso: cada excusa es una brújula invertida. Señala lo que no estamos enfrentando. Y si aprendemos a leerla, podemos encontrar lo que realmente necesita atención.

Así que la próxima vez que digas «es que no he tenido tiempo», pregúntate: ¿de verdad no has tenido tiempo, o no te has dado el permiso? ¿Estás tan ocupado, o estás escapando de algo que necesita ser sentido?

Esto no es una invitación a convertirnos en mártires de la hiperproductividad. Es una sugerencia amorosa a observar nuestras excusas con curiosidad, no con culpa. A entender que detrás de cada frase automática puede haber una emoción legítima: cansancio, miedo, dolor, inseguridad. Y que cuando las nombramos, en lugar de esconderlas, empiezan a perder poder.

No digo que debamos eliminar las excusas. Algunas, de hecho, son necesarias para sobrevivir cenas familiares o chats de grupo con 200 stickers al día. Pero ojalá aprendamos a diferenciarlas de los silencios que nos están pidiendo atención. Ojalá nos demos cuenta de que a veces, lo que más posponemos es lo que más nos va a sanar.

Y si al final del día igual decides que no puedes, que no quieres, que no te da… al menos que no sea por miedo disfrazado de agenda llena. Que sea una elección consciente. Porque vivir sin excusas no es vivir sin errores: es vivir con intención.

Nos leemos (sin excusas).