Ragnarok: cuando el trueno promete, pero no retumba
A veces uno entra a ver una serie sin muchas expectativas… y termina atrapado viendo tres temporadas seguidas como si fuera parte del contrato.
Eso me pasó con Ragnarok, la serie noruega de Netflix que se inventó una pregunta fascinante:
¿Y si Thor reencarnara como un adolescente noruego, atormentado, con poderes que ni él entiende?
El resultado es un cóctel entre drama juvenil, mitología nórdica y dilemas climáticos, envuelto en una estética fría, bella y a ratos poderosa. Pero como pasa con muchas tormentas… a veces solo suena y no cae la gota.
Lo bueno: mitología moderna y una segunda temporada que salva todo
Lo primero que destaca es la originalidad del enfoque. Nada de truenos de Marvel ni musculaturas imposibles. Acá la mitología se cuela por los pasillos del colegio, los vínculos familiares y las dudas existenciales.
La segunda temporada, sin dudarlo, es la más sólida: personajes que evolucionan, conflictos claros, momentos épicos. Y los paisajes noruegos… son otro personaje más. De esos que no necesitan hablar para robarse la atención.
Lo flojo: ese final que nadie pidió. Pero justo cuando piensas “esto va pa’ grande”, la tercera temporada aprieta fast forward.
En especial su final: un cierre comprimido, torpe y sin justicia emocional para lo que venía construyéndose. Todo se resuelve en minutos, como si a mitad del capítulo alguien gritara “¡se acabó el presupuesto!”.
Y no solo eso: hay personajes importantes que quedan flotando, sin desarrollo ni despedida digna. Un desenlace que más que trueno, suena a suspiro.
Opinión final
Ragnarok es como una tormenta eléctrica en la montaña: impactante al inicio, intensa a la mitad… y al final solo deja neblina.
Le doy un 3.3 / 5.
Vale la pena por su atmósfera, su giro mitológico y su segunda temporada. Pero si esperas un final que te deje con el martillo en alto… tal vez no sea tu destino.


