San Gil me dio miedo, hambre y paz (todo en un mismo viaje)
San Gil no era parte del plan. Lo decidí sin pensarlo mucho, como casi todo últimamente. Me fui a escapar un fin de semana… y terminé regresando con el cuerpo cansado, la piel quemada por el sol y una calma interna que hacía rato no sentía.
Desde Bucaramanga es un viaje corto; desde Bogotá, más largo. Pero eso no importa tanto. Porque apenas llegás, sentís que el ruido baja, que el aire cambia, que el cuerpo afloja. San Gil tiene esa cosa rara que te quita peso sin que te des cuenta.
Aventura sin disfraz
No tenés que ser experto en nada. Solo hay que animarse. Yo arranqué con parapente y en el aire entendí que el vértigo no era físico, era emocional. El piloto hablaba mientras volábamos sobre el cañón del Chicamocha, pero yo solo podía pensar en lo mucho que me cuesta soltar el control. Esa fue la primera lección.
Después vino el rafting. Agua en la cara, gritos, instrucciones que no entendía del todo y mucha adrenalina. Pero al final, esa mezcla de cansancio y euforia se sintió como un reinicio.
Comer sin pretensión
Después de tanta emoción, necesitaba algo real. Comida de verdad. Y San Gil es generoso.
Encontré carne oreada, arepas peladas, un jugo de lulo que me hizo cerrar los ojos. Nada costoso. Nada “instagrameable”. Solo sabor. Me metí donde vi gente del lugar, donde el menú era corto y el olor se sentía desde la entrada.
Eso fue suficiente.
Dormir como toca
Me hospedé en un lugar sencillo. Nada de spa, nada de lujos. Cama buena, baño limpio, una ventana que daba a la montaña. Dormí como hace tiempo no dormía. Sin ansiedad. Sin distracciones. Solo el cuerpo agradecido.
En San Gil hay opciones para todo: glampings, hoteles, casas campestres. Lo importante es elegir algo que te haga sentir cómodo. No que impresione a otros.
Cosas que aprendí (y que Google no te va a decir)
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No lleves ropa para verte bien. Llevá ropa con la que puedas sudar, mojarte y tirarte al piso sin culpa.
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Desconectarse no es un lujo allá, es lo normal. Y eso está bien.
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Los mejores momentos no se planean. Te sorprenden.
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Si hablás con la gente, te vas a llevar historias más valiosas que cualquier souvenir.
San Gil no es solo un destino. Es una pausa. Es ese tipo de lugar que te sacude sin escándalo. Te recuerda que vivir también es moverse, ensuciarse, comer sin apuro y dormir sin miedo.
Volví diferente. Y eso, para mí, ya es mucho.
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