PARA HABITARTE

Tuve tantos roommates que terminé entendiendo por qué prefiero vivir solo

Hace poco alguien me habló de buscar un roommate y mi primera reacción fue pensar: qué maravilla. Compartir gastos, llegar a una casa donde eventualmente hay alguien, dividir responsabilidades y tener compañía sin necesidad de formar una familia. Sobre el papel es un sistema precioso.

Después recordé a mis roommates.

Y se me pasó.

Hace unos quince años que vivo por mi cuenta, así que hoy tengo completamente normalizado abrir la puerta y encontrar exactamente la casa que dejé. Si hay un vaso sucio es mío. Si alguien se comió lo que estaba guardando en la nevera, fui yo. Y si a las tres de la mañana hay una persona desconocida caminando por el pasillo, en vez de preguntarle a mi compañero de apartamento quién demonios invitó, probablemente debería llamar a la Policía.

Pero no siempre fue así.

Cuando empecé a independizarme, compartir apartamento no era una experiencia social ni una decisión de estilo de vida. Era matemática. Yo tenía un sueldo que decía una cosa y un arriendo que decía otra, así que durante varios años viví con personas con las que me unía principalmente una característica: ninguno tenía suficiente plata para vivir solo.

Y vaya laboratorio humano.

Tuve un roommate que recibía visitas íntimas con tanta frecuencia que terminé conociendo a algunas mejor de lo que esperaba. Llegó un momento en que podían aparecer por la casa, sentarse a conversar y hasta jugar cartas con nosotros. Yo nunca preguntaba demasiado porque hay amistades que funcionan mejor cuando uno respeta los límites del departamento de Recursos Humanos.

Otro tenía una vida social mucho más diversa. Bastante más.

Una vez tuve que golpear desesperadamente la puerta de su habitación porque necesitaba que apareciera y descubrí que la noche anterior había evolucionado hacia una reunión que definitivamente requería más participantes de los que yo tenía presupuestados para un apartamento compartido.

No sé qué me impresionó más: la cantidad de gente o el estado de las sábanas.

Qué asco.

También viví con el que se comía mis cosas de la nevera, una variedad de ladrón que considero particularmente ofensiva porque no solamente vulnera la propiedad privada sino que puede acabar con el postre que uno llevaba pensando todo el día que iba a encontrarse al llegar a casa. Tuve al fiestero, al amargado, al emprendedor que cada quince días tenía un negocio nuevo, al adulto que todavía necesitaba otro adulto responsable y también personas maravillosas con las que, después de sobrevivir a compartir baño, cocina y cuentas, terminé construyendo amistades que duraron mucho más que el contrato de arrendamiento.

Durante años pensé que todas esas experiencias me habían enseñado simplemente que yo no servía para tener roommates.

Ahora creo que me enseñaron algo más útil: convivir es conocer a una persona sin edición.

Uno puede tener un amigo maravilloso hasta que descubre que deja pelos en el lavamanos. Puede enamorarse perdidamente de alguien hasta que comparte un baño. Puede considerar a una persona ordenadísima hasta que descubre que su concepto de “después lavo los platos” abarca un periodo aproximado de cuatro días.

Una casa revela cosas que ninguna cena consigue mostrar.

Quizá por eso no creo que compartir apartamento tenga edad. Hoy entiendo perfectamente que alguien de veinte, cuarenta o sesenta años quiera hacerlo por plata, compañía, comodidad o simplemente porque le funciona. Lo que sí creo es que después de tantos años viviendo solo yo tendría enormes dificultades para volver atrás.

Me acostumbré demasiado a mis silencios, mis horarios, mis cosas exactamente donde las dejé y esa pequeña soberanía doméstica de poder caminar por mi casa como me dé la gana sin tener que preguntarme quién está en la sala.

Claro que vivir solo tampoco significa haber escapado de los problemas de convivencia.

Todavía vivo con alguien que deja cosas tiradas, compra comida que después olvida, pospone algunas tareas domésticas y ocasionalmente me desespera.

La diferencia es que ahora no puedo pedirle que se mude.

Porque el último roommate soy yo.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Oldest
Newest Most Voted