PARA SENTIR

¿Y si el amor de vacaciones no se quedó en vacaciones?

Durante años pensé que el amor de vacaciones venía con tiquete de regreso incluido. Que uno lo vivía, lo gozaba y luego lo empacaba junto con el protector solar y las gafas de sol. Pero claro, en mi caso, siempre me da por tratar de pasar por inmigración emocional lo que claramente era un vuelo chárter sin derecho a equipaje adicional.

Todo empezó en Cartagena. Sol, mar, cócteles con nombres que no recuerdo y una persona magnética, de esas que te miran como si fueras el único ser humano flotando en la playa. Fueron tres días. O dos y medio, para ser honestos, pero ¿quién cuenta? Entre mojitos, risas con sal marina y promesas a la orilla del mar, yo ya estaba imaginando una vida compartida, con mudanza incluida y playlists colaborativas en Spotify. Ridículo, lo sé.

¿La realidad? Esa persona olvidó mi nombre antes de que yo desocupara la habitación. Y yo todavía me acuerdo hasta del número de la cabaña.

Pero no fue esa la historia que me marcó. Fue otra. Una que no ocurrió entre cocos ni atardeceres, sino durante una Semana Santa en Bogotá. Irónicamente, fue el amor de vacaciones más intenso que he tenido… en una ciudad donde ni siquiera estaba de vacaciones.

Fueron cuatro días. Cuatro. Intensos, pasionales, dramáticos, como si estuviéramos protagonizando un especial de RCN en horario estelar. Nos juramos amor eterno, compartimos desayunos, cenas, hasta playlists (sí, lo de Spotify no era chiste). Y claro, cuando me mudé definitivamente a Bogotá, pensé que quizás, solo quizás, eso podía continuar.

Spoiler: error nivel principiante.

Busqué a esa persona. Le escribí, le propuse vernos, revivir “lo nuestro”, repetir esa noche que ambos fingimos no recordar. Le propuse un café, un almuerzo, una cerveza artesanal, lo que fuera. Pero fue inútil. Lo que alguna vez pareció fuego, ya era una chispa apagada que ni con soplidos de emergencia revivía.

Y entonces entendí: los amores de vacaciones no son solo cosa de geografía. También son cosa de tiempo. No importa si la distancia es un vuelo o unas cuadras: hay conexiones que nacen bajo una luna especial, y mueren en cuanto se prende la luz del día.

Porque hay personas que no están hechas para durar. Están hechas para iluminar un fin de semana, para hacerte sentir vivo por 72 horas… y luego desaparecer. Y eso, en lugar de doler, debería hacernos sonreír.

Hoy, cuando me acuerdo de esos amores, ya no me da nostalgia. Me da ternura. Me acuerdo de lo que sentí, de lo que imaginé, de lo ingenuo que fui. Y también me acuerdo de la lección: el amor de vacaciones, por muy perfecto que parezca, siempre es amor fuera de temporada.

Y si uno insiste en buscarlo cuando ya se acabaron las promociones… lo más seguro es que termine pagando el doble. Emocionalmente hablando.