¿Y si lo mío no es cantar, sino saber cuándo callar?
Sin falsas modestias y con cero vergüenza: hay cosas para las que simplemente no fui diseñado.
Y entre ellas está cantar.
Sí, C-A-N-T-A-R.
Lo admito como quien confiesa que es pésimo estacionando: sin drama, pero con resignación.
Con esfuerzo, práctica y algo de fe, uno puede mejorar en casi todo.
Me pasó con la cocina. Hace dos años se me quemaba el agua y hoy me dan ganas de tomarle foto hasta al arroz.
Pero con el canto… no hay curso de Domestika ni clase de TikTok que me salve.
Lo irónico es que yo creo que canto bien.
Me siento entonado, sentido, hasta emocional.
Pero basta con que alguien grabe una nota de voz para que me dé cuenta de que sueno como un gato llorando en un callejón mojado.
Y no me da pena. Me da algo peor: cringe ajeno, pero propio.
La ilusión del micrófono invisible
Lo más curioso de todo esto es que, mientras yo acepto mis limitaciones, hay gente que claramente no ha tenido esa conversación con su espejo.
Personas que se entregan vocalmente como si fueran la reencarnación de Whitney Houston, pero en realidad… son más bien un remix de alarma de carro con ventilador viejo.
Lo peor no es que desafinen.
Es que se empeliculan.
Cierran los ojos, extienden los brazos, apuntan al cielo como si les estuviera bajando el Espíritu Santo versión Grammy Latino, y luego sueltan un:
“Esta va para todas las mamacitas que se aman a sí mismas”.
Y ahí ya no sé si reírme, fingir un infarto o preguntarles si han considerado pasarse al ukelele.
Camilo, el caso que lo cambió todo
Ahora bien, la música es arte. Y el arte es subjetivo.
Lo que para mí es un ataque auditivo, para otro puede ser el soundtrack de su boda.
Ejemplo claro: Camilo.
Cuando volvió con su estilo nasal y esa vibra de flautista místico, muchos pensaron que era una broma.
Hoy tiene Grammys, millones de oyentes y duetos con artistas que cobran por minuto.
¿Está mal? No.
¿Me parece raro? También.
Pero hey, el talento no siempre suena como creemos.
El karaoke, ese espacio seguro
Hay una excepción a mi juicio vocal: el karaoke.
Ahí todo está permitido.
Ahí sí soy el primero en aplaudir al que canta como si le estuvieran exorcizando la garganta.
Ahí la gente canta por alegría, no por ego.
Y eso lo cambia todo.
Entre trago y trago, uno deja de oír con los oídos y empieza a escuchar con el corazón.
Aunque suene cursi, es verdad.
La importancia de saber cuándo sí y cuándo mejor no
Aprender a cantar no es tan importante como aprender a escucharse a uno mismo.
Saber cuándo uno tiene una pasión… y cuándo simplemente tiene una fantasía.
Y si igual quieres cantar, canta.
Pero si me ves mirarte raro y de pronto te empiezo a hablar de la caída de la moneda turca… ya sabes lo que está pasando.
¿Y tú? ¿Tienes algo que amas hacer, pero sabes que no se te da? ¿Te rendiste o te lo tomaste con humor?
También te puede interesar
¿Será que tengo cara de daña relaciones?
28 de agosto de 2025
¿Y si lo que teníamos no era amor… sino hambre y un poco de ego?
28 de agosto de 2024