PARA SENTIR

Entre peluches y picaduras de zancudo: las rarezas que (no) se confiesan en una primera cita

Todos tenemos algo excéntrico que nos acompaña, aunque no siempre lo confesamos en voz alta.

Yo, por ejemplo, tengo varias rarezas de catálogo.

Soy malísimo para recordar nombres. En serio, hay amigos a los que nunca he llamado por su nombre real. Uso un arsenal de salvavidas afectivos: vecino, mi amor, mi cielo. Es práctico, impersonalmente cariñoso y me evita el oso de preguntar por quinta vez cómo se llama alguien.

Hablo solo. Y no poquito. Me hablo como si estuviera grabando un podcast que solo escucho yo. A veces en la cocina, a veces mientras camino. Una vez alguien pensó que llevaba audífonos… y no, era solo yo recordándome mis pendientes en voz alta como si fuera mi propio secretario.

Y sí, también tengo la firme creencia de que, si miro lo suficiente a un gato o a un perro, en algún momento vamos a lograr comunicarnos. Por ahora no ha pasado, pero no pierdo la fe.

Después de ver películas de superhéroes, siempre espero que me pique un bicho raro. No por masoquismo, sino porque mantengo viva la ilusión de despertar al otro día con un superpoder. Solo me han salido ronchas… pero ¿quién quita?

Pero ninguna de mis rarezas me preparó para la que me encontré en esa cita que todavía no sé si fue romántica o paranormal.

Tenía casi 22 cuando conocí a esa persona. Conexión instantánea, buena conversación, cara de portada y un trabajo interesante en un complejo de cine.


La historia pintaba para película de domingo con final feliz.

Hasta que entré a su apartamento.

En la cama, cuidadosamente alineados como en una coreografía de ternura, había al menos 45 peluches. No exagero.
Pensé: “ok, esto debe ser decoración, algo temporal, vintage, incluso kitsch”.

Spoiler: no lo era.

Antes de cualquier cosa, esa persona se tomó el tiempo —y la solemnidad— de bajar cada peluche uno por uno… presentándomelos con nombre y todo. Así conocí a Ander, un perro azul con orejas largas, que al parecer tenía carácter. Me dijo que no le gustaba que lo aplastaran y que siempre dormía del lado derecho.

En ese momento, mi instinto solo pensaba dos cosas: ¿es esto normal? y ¿en qué momento debo salir corriendo?

Mientras esa persona le hablaba al peluche con una dulzura que no sé si me enterneció o me dio susto, yo solo podía imaginarme atrapado dentro de uno de ellos.

¿Serían regalos de exparejas? ¿Rituales afectivos? ¿Cada peluche tenía historia?

¿Y si yo terminaba convertido en uno?

A mitad del “desfile de felpa” ya tenía un pie afuera.
Era una de esas escenas tan absurdas que ni siquiera sabes si estás siendo cruel al pensarlo… o simplemente honesto contigo mismo.

Lo cierto es que no volví a ver a esa persona.

Y no porque no me gustara. Claro que sí.

Pero entendí que, aunque todos tenemos rarezas, no todas combinan.
Yo no estaba listo para dormir entre 45 testigos de felpa con ojos fijos y nombre propio.

Mi legado no podía terminar bordado en la oreja de un perro azul.

A veces uno se ilusiona con una historia, pero olvida que hay detalles pequeños que gritan: no es por ahí.

Y está bien.

Esa fue una de esas citas que entró a mi lista de “pudo ser bonito, pero gracias, paso”..