Para calmarte,  PARA HABITARTE

La mejor compra que hice este año no fue un celular. Fueron unas plantas.

Durante años pensé que las plantas eran un lujo de personas organizadas. Esa gente que tiene tiempo para hacer pan de masa madre, recuerda regar las matas los martes y sabe pronunciar correctamente el nombre de cualquier helecho. Yo no pertenecía a ese grupo. Mi experiencia con las plantas era bastante breve: comprarlas con entusiasmo y despedirme de ellas un par de semanas después.

Hasta que un día decidí llenar mi apartamento de verde.

No fue porque hubiera leído un estudio sobre bienestar ni porque quisiera que mi casa pareciera un hotel boutique en Tulum. Fue por una razón mucho más sencilla: estaba cansado de sentir que vivía en un lugar donde únicamente iba a dormir.

Hay una diferencia enorme entre tener un apartamento y tener un hogar. Durante mucho tiempo el mío era funcional. Tenía cama, nevera, una mesa, internet y todo lo necesario para sobrevivir. Pero sobrevivir y habitar un lugar son dos cosas completamente distintas. Uno puede tener todos los muebles del mundo y seguir sintiendo que vive en una sala de espera.

Las plantas cambiaron eso de una manera que nunca imaginé.

No porque purifiquen el aire —aunque dicen que algunas lo hacen— ni porque combinen bonito con los cojines. Lo hicieron porque obligaron al apartamento a verse vivo. De repente aparecieron sombras distintas durante la mañana, hojas moviéndose cuando entraba el viento y pequeños cambios que me hacían sentir que la casa también respiraba.

Lo más curioso es que el cambio no ocurrió en el apartamento.

Ocurrió en mí.

Sin darme cuenta empecé a abrir más seguido las cortinas para que les entrara luz. A ventilar la casa apenas me levantaba. A fijarme si alguna hoja necesitaba agua o si otra estaba creciendo. Son gestos mínimos, casi ridículos cuando uno los cuenta, pero terminaron convirtiéndose en un ritual que marcaba el comienzo del día.

Vivimos obsesionados con cambiar de ciudad, de trabajo, de pareja o de rutina cuando sentimos que algo no anda bien. Muy pocas veces pensamos que el lugar donde pasamos la mayor parte de nuestra vida también influye en cómo nos sentimos. Pasamos horas intentando arreglar la cabeza mientras ignoramos el espacio donde esa cabeza vive todos los días.

No estoy diciendo que una monstera vaya a resolver una crisis existencial. Ojalá fuera tan fácil. Lo que sí descubrí es que cuidar algo vivo cambia la relación que uno tiene con el tiempo. Las plantas no entienden de afanes. Crecen cuando les da la gana. Sacan una hoja nueva después de semanas en las que parece que no pasó absolutamente nada. Y, de alguna manera, recordarlo también ayuda a bajarle un poquito el volumen a la ansiedad con la que vivimos.

Hoy mi apartamento sigue siendo pequeño. Bogotá sigue haciendo ruido al otro lado de la ventana. El tráfico no desapareció y las cuentas siguen llegando puntuales. Lo único que cambió fue que, cuando cierro la puerta, siento que entro a un lugar que también me cuida a mí.

Nunca imaginé que iba a decir esto, pero creo que las plantas no cambiaron mi apartamento.

Me enseñaron a habitarlo.

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