Del otro lado del jardín: Una joya inesperada del cine colombiano en Max
Acabo de terminar de ver Del otro lado del jardín en Max y, sinceramente, todavía estoy recogiendo los pedazos. No esperaba que esta película me tocara tan hondo, y lo digo sin vergüenza: lloré. Mucho. Pero no solo por la historia en sí, sino por cómo está contada. Porque cuando una película logra que te olvides de que estás viendo actores y simplemente te dejes arrastrar por la emoción… algo hizo muy bien.
Basada en la vida del poeta Carlos Framb, la historia tiene ese tono de dolor que no se grita, sino que se respira. Y esa es, tal vez, su mayor virtud: no necesita exagerar nada para doler. Todo se siente real. Crudo. Cercano. De esos relatos que, aunque nunca hayas vivido, de alguna forma ya tenías adentro.
Lo que me hizo aplaudir (y llorar)
Vicky Hernández y Julián Román se entregan sin filtro. Sus interpretaciones no solo sostienen la historia, la elevan. Hay escenas donde no dicen una palabra, pero lo dicen todo. Es en esos silencios donde realmente te quiebran. Y vos, que solo estabas viendo una película tranquila una noche cualquiera, de repente estás llorando en el sofá como si fuera tu historia.
La dirección es impecable. La fotografía no solo acompaña, sino que potencia cada momento. Y la música —sin ser invasiva ni melodramática— llega como una brisa tibia justo cuando más lo necesitas. No hay nota fuera de lugar.
Juana Acosta, además, tiene un papel que le da chispa al relato. Aunque sentí que su personaje podía haberse desarrollado un poco más, su presencia funciona. Tiene ese tipo de energía que equilibra la oscuridad sin negarla.
Lo que pudo mejorar (pero no arruina nada)
Hay una subtrama secundaria que, aunque intenta aligerar la carga emocional, por momentos se siente desconectada del hilo principal. No molesta del todo, pero sí puede sacar un poco del trance emocional en el que te tiene la historia central.
Lo mismo con algunos personajes secundarios: están bien actuados, pero no todos alcanzan la profundidad que el relato merecía. Aun así, la fuerza de los protagonistas es tan arrolladora que estos detalles pasan a un segundo plano.
¿Vale la pena?
Absolutamente. Del otro lado del jardín no es solo una película: es una experiencia. De esas que duelen, pero que agradeces haber vivido. De esas que te dejan callado un rato después de que termina. Porque a veces el cine no está para entretenerte, sino para tocarte. Para zarandearte un poquito. Para recordarte lo frágil y lo bello que puede ser estar vivo.
Le doy un sólido 5 de 5. Porque me hizo sentir. Y al final, eso es lo que uno espera del arte, ¿cierto?


